Me mudo!

mudanza

Hola a todos! Probablemente, ya con el título y con la imagen se hayan dado cuenta de lo que estoy hablando, que es, lisa y llanamente, una mudanza.

Del diccionario de la Real Academia, nos viene la siguiente definición:

mudanza.

1. f. Acción y efecto de mudar o mudarse.

2. f. Traslación que se hace de una casa o de una habitación a otra.

3. f. Inconstancia o variedad de los afectos o de los dictámenes.

4. f. Cierto número de movimientos que se hacen a compás en los bailes y danzas.

5. f. Mús. Cambio convencional del nombre de las notas en el solfeo antiguo, para poder representar el si cuando aún no tenía nombre.

Como ven, hay acepciones que tienen que ver con la música y la danza. Mi mudanza no tiene nada que ver con eso, Dios me castigó con duros pies para la danza, sino más bien con la segunda entrada.

Por motivos operativos, me voy a estar mudando de plataforma. Ha sido una gran experiencia estar en WordPress, pero considero que está más bien dirigida a un tipo de bloguero que yo, por el momento, no soy, así que he tomado la decisión.

Sólo fue una mudanza de plataforma, no cambió el nombre del sitio ni la temática. Sólo cambiaron la plataforma y el diseño.

A partir de hoy, podrán encontrarme en mi nueva dirección:

http://porquescribimos.blogspot.com/

Desde ya muchas gracias por su comprensión, espero que nos sigamos leyendo en mi nueva dirección. Y aprovecho para enviarles ánimos para los 20 y pico de días que le quedan al 2015.

Cheers for all!

Violín

La muchacha se decidió. Tomó el violín y lo empuñó como se ha de hacer, según las reglas del arte: apoyando el extremo cercano al puente sobre el hombro, luego colocándolo en diagonal a la línea de sus hombros, apoyando suavemente los dedos sobre las cuerdas y tomando el arco con la otra mano. Lo había hecho tantas veces, que ya le parecía automático. Utilizando magistralmente el arco, ejecutó la primera parte del Caprice 24, de Nicoló Paganini.

Hacía años que tocaba el violín. Prácticamente, su vida había sido marcada por ese instrumento. A los siete años había visto a un artista callejero niña violintocándolo en un pasillo del subte de Buenos Aires, un hombre barbudo que sin embargo tenía una cadencia especial cuando se trataba de hacer sonar las cuatro cuerdas. Paula se enamoró instantáneamente del sonido que escuchó, de las inflexiones, de la melodía. Usando algún argumento que ella creyó incuestionable, o quizás por hartazgo, consiguió, finalmente, un violín, y la inscripción a clases en un centro de enseñanza del arte de su barrio. Luego llegaron las presentaciones en la escuela, en alguna muestra de fin de año del instituto, las Navidades y otras fiestas familiares mostrando su talentoviolin fin curso a los parientes que escuchaban atentamente, en fin, todo lo que viene como colateral de tocar un instrumento a temprana edad. Como quien
diría, los quince minutos de fama de la nena. Y, más adelante, algunos premios en exhibiciones, como si la suya fuera una vida para dedicarla al arte de combinar los sonidos.

plaza 1

No hacía demasiado calor ese día, a pesar de ser noviembre. Pero la duración de los días es otro de los indicios de que el año está en sus momentos finales, la temperatura no lo es todo. Y en esa plaza, entre las mascotas que salen a conocer la vida al aire libre (siempre he sostenido que los perros no son animales de departamento, mas no es ése un punto indiscutido entre la gente de ciudad), los deportistas de siempre y la ocasional pareja se adivinaban, entre el movimiento de las hojas al viento, algunos acordes de una música. Era algo difuso, la mayor parte de la gente no pudo identificar de dónde venía, aunque por alguna oscura razón todos se sintieron atraídos hacia ella. Era una música que uno no describiría justo como embelesadora, aunque su carácter un tanto caótico y frenético hizo que en un momento todos detuvieran lo que estaban haciendo y enfocaran sus oídos hacia el lugar desde el que venía la música.

La música iba en aumento, cada vez se escuchaba con más claridad. Mientras tanto, la gente que caminaba por las calles aledañas a la plaza se había sumado al plantel de espectadores. Un par de niños, tal vez no pudiendo soportar más el sonido, se habían echado a llorar, pero las madres, su atención absolutamente atrapada por lo que estaban escuchando, no atinaron a hacer nada, y los dejaron rumiando su dolor en violin girlsoledad. De repente, las tareas, los mandados, cualquier otra obligación, dejaba de ser una prioridad para todas las personas que ahora observaban. Algo, alguna cosa imperceptible en el aire, había trastocado hasta el más rígido sistema de prioridades, beneficios y recompensas. Alguien que hubiera llegado desde afuera hasta el lugar seguramente no habría entendido nada. O, antes de siquiera poder pensar en algo, habría sido despojado de voluntad y sumado al cuadro.

La chica, parada en el medio de la plaza, tocaba un violín que emitía un sonido imposible para su tamaño, un sonido que hacía vibrar los árboles, los postes de luz y toda estructura fija que se encontrara en los alrededores. No se adivinaba ninguna expresión en su cara, tan sólo una concentración casi absoluta, impertérrita, a la vez que su brazo derecho y sus dedos izquierdos se movían en perfecta combinación. Nunca se podrá entender a través de la ciencia qué le pasaba; posteriormente, la comunidad psicológica había llegado a la conclusión, más obligada que segura, de que se trataba de algún tipo de delirio psicótico, aunque eso responde al mandato científico de ponerle una etiqueta a todo. A medida que el tiempo pasaba, la música se volvía más y más frenética y dramática, a la vez que el arco del violín evidenciaba un notorio desgaste. Ya la imagen de la chica era más y más difusa, el efecto de la música sobre los presentes era tan intenso que nublaba la vista. No sé si era eso, o si era que la luz natural comenzaba a disminuir, o incluso cabía la posibilidad de que esta música tuviera algún efecto sobre el día y la noche, todo era tan loco que no podía descartar ninguna posibilidad.

Hasta que, con un último movimiento de su brazo, la chica tocó la última nota. Todo el teatro armado en esa plaza pareció caerse de golpe, como si el hilo que lo sostuviera se cortara de repente. Pero no sería inexacto decir que eso fue lo que pasó. Las cerdas del arco se cortaron, el violín quedó mudo, y desde el centro de la plaza se pudo ver la imagen de… un pájaro volando. Hasta hoy día nadie puede ponerse de acuerdo sobre qué pasó, pero lo cierto es que ni el violín ni el arco fueron recuperados. Quizás hayan partido para siempre con el pájaro que, en su vida previa, los había ejecutado tan magistralmente.

volin last

Hablar de política

ateneo politico

En Argentina, este año es un año de elecciones. Como cada cuatro años, la ciudadanía se cita en compromiso electoral para elegir a quien será Presidente de la Nación (además de otros cargos, variables según el distrito) durante los próximos cuatro años, a contar desde diciembre, mes en que el/la elegido/a asumirá.

 

Como siempre, en los meses previos a la elección, se da una intensa discusión en TV, en la radio, en diarios y revistas, en ateneos de partidos, etc. Tanto los involucrados en los partidos políticos, como los especialistas en temas de política nacional se enfrascan en un sinfín de discusiones, argumentaciones y diatribas acerca de quién es el mejor candidato, quién es el que mejor va a manejar la economía, además de algún tema de ocasión. Incluso, y en un acto novedoso, este año hubo dos debates presidenciales en Argentina, uno antes de cada vuelta electoral, en los cuales los candidatos debatieron (o intentaron debatir) sus propuestas en varias materias que marcan agenda en la gestión de un presidente.

 

En mi casa nunca se habló demasiado de política. Siempre, más bien, se tendió a dejar ese tema un poco de lado, como algo de lo que no se habla. Más todavía, siempre era un tema del que hablan los grandes, de esos de los que, si preguntábamos, lo más seguro es que nos dijeran de ir a jugar o, aprovechando la ocasión, pedirnos algo de la cocina o de la mesa (por alguna razón, siempre escuchábamos las conversaciones de los grandes en la mesa, porque en verdad, otro lugar para escucharlos hablar no había). A mí me empezó a interesar un poco al principio de mi adolescencia. Yo leía los diarios, habitualmente muy por arriba, pero en esa época empecé a ser más consciente de algunas cosas a las que, simplemente, les pasaba por arriba. Y me interesaba leer cómo le iba a ir al país, qué se decidía, qué medidas se tomaban, y demás. Por supuesto que no entendía nada, y era una edad muy corta para que siquiera pudiera entender algunas cosas de la política que, con el tiempo, fui entendiendo. Digamos, un inocente.

politica universidad

En mi primer año de universidad, un poco por la edad y la información a la que accedía y otro poco por estar en una universidad pública, donde el tema político siempre está, empecé a acceder a más información y debate sobre política. Por esos meses, tuve un pensamiento muy lúcido: Últimamente se está hablando mucho de política. No es un tema olvidado. Y es que se venían elecciones a fin de ese año, pero de todos modos me pareció muy bueno que se discutiera. Notaba que el tema no estaba sólo en los programas de análisis político, sino también en los diarios, ocupando un espacio mayor que el que ocupaba antes, en la conversación de la gente, en suma, en la calle. Es más: en el segundo año, tuve una profesora que, junto con un ayudante, pertenecían al Centro de Estudiantes de mi facultad y, varias veces, se ocupó de decirle a sus alumnos (es decir, a nosotros) que debían involucrarse en política, que más allá del estudio siempre es importante que uno esté informado de lo que pasa, al menos, si es que no quiere participar. Lógicamente, sin que afecte la capacidad de estudiar y aprobar materias.

 

Es sólo un ejemplo, pero a medida que pasó el tiempo noté cómo la discusión política se iba infiltrando, hasta llegar incluso al entorno en el que yo me manejo. Más que nada para las elecciones de este año, tuve muchas conversaciones sobre política con mis amigos y conocidos. E incluso con mi familia, la que, como decía al principio del artículo, no gustaba de tocar temas relacionados a la conducción del país. Hubo un proceso de acercamiento de la política a la sociedad, como si alguna barrera invisible se fuera difuminando hasta desaparecer.

 

Es bueno que la gente común, la que no está afiliada a partidos o no tiene ambiciones en el campo estatal, se interese por temas de política. Porque, como decía mi profesora de la universidad, siempre está bueno interesarnos por lo que pasa, aunque no tengamos posibilidad de modificarlo. Aunque sea para poder cubrirnos y no poder decir “Ah, pero yo no sabía que era así”. Más allá de eso, hay una razón más poderosa para interesarnos: nos afecta a todos. El país está conformado por toda la gente que vive en él y, cuando elegimos a nuestros representantes para llevarlo adelante, tenemos que mínimamente conocer qué proponen y cuáles serán las cosas que harán una vez que lleguen al poder. Porque son las cosas que modificarán, de una manera u otra, nuestras vidas.

Un presidente tiene cuatro años para gobernar. ¡Las cosas que se pueden hacer en cuatro años! Sin entrar en detalles de medidas específicas, lo que hagan los miembros del gobierno pueden afectar desde cómo trabajamos, hasta cómo compramos las cosas que necesitamos, cómo distribuimos nuestros momentos de ocio, en qué gastamos el dinero, si ahorramos, si gastamos…es más, si somos empresarios o tenemos algún negocio, es mucho más crítico. ¿Es bueno que no tengamos en cuenta todas esas consideraciones? urnaSaber de política hace que, a la hora de votar, podamos hacerlo más responsablemente y con más conocimientos en la cabeza para poder decidir, sobre una base sólida, qué boleta vamos a elegir en el cuarto oscuro. Digo esto y recuerdo un video que se popularizó durante las elecciones abiertas, en el que se mostraba a un hombre saliendo de votar, diciendo en voz alta que “había votado cualquier cosa” (restándole importancia al acto), cuando un hombre a caballo, seguramente representando a un prócer, lo derribaba y golpeaba, en represalia por lo que acababa de decir y hacer. El mensaje final del video, “hay gente que hizo mucho por este país”, invita a votar con responsabilidad. Y para ello es crucial tener conocimiento de lo que se propone.

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Foto: Alejandro Pagni / PRENSA SENADO

También es buena la penetración de la política en la sociedad porque, en alguna gente, descubre su pasión por hacer algo, por tomar la iniciativa y sumarse a la masa de afiliados o, simplemente, militantes de los partidos. Nos podemos quejar de que las cosas andan mal, que todo está perdido y consignas similares, pero ¿qué ganamos con eso? Mejor que quejarse es ponerse en marcha y hacer actividades proactivas para cambiar lo que no nos gusta. Y, ya sea a nivel barrial, municipal o el que sea, está muy bueno que la gente se sume a ayudar a que las cosas salgan. Que haya conciencia de las cosas las hacemos nosotros y si no nos ponemos nosotros no las va a hacer nadie más. Eso es lo que hace falta, involucramiento de la gente. Y es algo que la política, incluso con sus vicios, genera.

 

Y, como conclusión, tomando el sentimiento de la gente que recela de involucrarse en la política, dejo un concepto: siempre es necesario que haya alguien. Si alguien cree que meterse es perder el tiempo, es bueno que sepa (no cuestiono su decisión de no meterse) que alguien siempre va a tener que hacer el esfuerzo. Siempre alguien va a tener que perder el tiempo con cuestiones políticas.

 

Chico de la calle

user "Julie"

Flickr

Esta es mi historia, como la de tantos más, que como yo no han adquirido aquello que en barrios más adinerados que el mío suele llamarse “independencia financiera”. Sí, soy un chico de la calle. Limpio los vidrios de los autos en los semáforos. Hace no muchos años que lo hago, pero a mi corta edad hasta un año es mucho tiempo.

Todos los días camino entre los autos detenidos, con mi trapo y mi balde de agua gris, ofreciendo un servicio que seguramente muchos de ellos no aceptarán. Uno me negará con la cabeza, otro haciendo un movimiento de dedos, otro ni siquiera mirará, alguno me dirá amablemente que no desea que le limpie los vidrios de su auto, aunque éstos rebosen de tierra. Acaso alguno me dará unas monedas, a desgano, sacando las manos por la ventanilla y sin mirar, casi como en un acto de cursilería, de solidaridad porque sí, para no quedar mal con quien los acompaña en el viaje.

Y es que, en realidad, mi trabajo es solamente simbólico. Todo el mundo puede limpiar los vidrios de su propio auto. Afortunadamente para mí, muchos eligen no hacerlo. Es una de las pocas opciones que me quedó, y al menos es, para mí, mejor que simplemente pedir monedas: al menos, a alguien, uno de cada muchos, les sirve.

Así transcurren mis días, en los semáforos, entre miradas de desdén, con autos que arrancan sin importar si yo estoy en medio, si llegué a la vereda antes que el semáforo les dé la luz verde. Mi desamparo no es un problema de ellos. Seguramente, la mayoría me habrá olvidado antes de llegar a la siguiente esquina, ese chiquito, ese negrito, que anda dando vueltas entre los autos. “No hay que fomentar la vagancia”, “son vagos”, “lo que sacan limpiando se lo gastan en droga”, son algunos de los lapidarios argumentos que esgrimirán aquellos a los que el dinero les alcanza para comer y mucho más, esos que creen que es verdad que todos podemos llegar a lo mismo con el mismo esfuerzo.

Supongo que, al menos, puedo estar contento de que cada uno de los pesos que junto acá va a parar a mi familia, es un bocado más que pueden comer mis hermanos, mis papás. Es que, al final del día, luego de tantas miradas vacías, de tanto moverme entre gente que con mi mundo comparte sólo la calle por la que se deslaza, saber que algo me llevo a casa para mi familia es una de las cosas más hermosas que existe.

Quizás un día todo esto se arregle. Y pueda ir a la escuela. Me encantaría poder aprender sobre las plantas, los planetas, cómo se construyen las casas, en fin, todo eso. Y jugar a la pelota, sentirme Messi entre otros como yo, poder crear sueños que trasciendan lo que nuestros ojos pueden mostrarnos. Es que, pese a que no me resulte degradante limpiar vidrios, no fue una elección para mí. Y no quisiera tener que beberme la niñez de un trago rápido, me gustaría poder disfrutarla a la manera de muchos chicos que, aunque no sean ricos en dinero, sí son ricos en poder hacer su camino, jugar, rasparse las rodillas, enamorarse, en fin… vivir como niños.

Quinto piso

amanecer

Sin dejar de mirarla, la tomó de la mano. Una suave presión de los dedos de ella le confirmó que su movimiento no había sido ni inoportuno ni demasiado osado, cosa que en la época del “no significa no” y movidas similares siempre es reafirmante. En una cabeza dividida entre el alivio por haber sido correspondido y la ansiedad de no saber qué hacer después (toda conquista abre un mundo de posibles resultados, al que ningún hombre, por más curtido que esté, reacciona con tranquilidad), no cabía ninguna otra emoción.

Uno nunca sabe el tipo de cosa que lo va a llevar a encontrarse con esa persona especial, con esa persona a la que va a ver y no va a sentir lo mismo que al ver a cualquier otra, al jefe, al conductor del colectivo, al diariero. Mejor dejarle ese tipo de cosas a los que estudian la vasta e insondable teoría de las probabilidades, que bien saben cómo hacerlo. Y él, que la había soñado tantas veces, que la había visto pasar tantas veces adelante suyo, porque resultaban compartir piso en su edificio, sin que jamás pasara por su cabeza la posibilidad de decirle siquiera hola. En su cabeza, por supuesto, él tenía armada una infinidad de posibles conversaciones que podrían llegar a darse, cada una de ellas con las derivaciones posibles. Por uno u otro motivo, nunca llegaron a darse, ni en los palieres del edificio, ni menos en el ascensor. Y ella quizás intuía algo, no por nada uno se cruza muchas veces con la misma persona, en algunas cosas el azar, simplemente, no cumple sus propias leyes.

El chico se inclinó. Dos bocas se juntaban, y un poco más abajo dos corazones daban saltos espectaculares en una imaginaria carrera hacia una meta que Dios sabe qué tan lejos estaba. Una lengua intentaba trascender sus fronteras naturales, a lo que la otra contestaba tratando de hacer lo mismo, en una intensa y dulce batalla. Un beso con un dejo de sabor a menta y una gran dosis de telones caídos, de distancia desaparecida, de inoportunidad, por qué justo hoy que me encuentro a este chico que sabe tanto de computación se le va a ocurrir a mi fiel y leal HP haberse tomado un día de descanso y permanecer con la pantalla negra pese a tantos intentos al botón de encendido. Recorridos de las manos por la espalda, en circuitos laberínticos que sólo una cabeza (¿cabeza de enamorado?) puede inventar, y que van a terminar casi siempre yendo hacia el sur, hacia ese lugar en que las manos forzosamente deben separarse, pero esperando alcanzar, cada una, algo mejor.

Sus manos volvieron a unirse. Las mismas del principio, y a ellas se les unieron pronto los pies en riguroso unísono. Segundos más tarde, la ropa caía sobre el parquet del piso. La conclusión natural de todo, lo que acaso fuera muy esperable, estaba ocurriendo en ese mismo momento, como si los engranajes del universo hubieran estado coordinados para que pasara lo que siempre se espera pero que uno nunca está seguro de querer que pase, hasta que termina realizándose. Allí, en ese cuarto de un quinto piso de un edificio equis de la ciudad, había ocurrido. Algo de él había quedado en ella para siempre. Ya no era más una niña, ahora era mujer.

Matemáticos poetas

James_Clerk_Maxwell

¿Qué tienen que ver Las Soledades con el teorema de Pitágoras? Posiblemente muy poco. A nadie se le ocurriría relacionar la poesía con la matemática, es una asociación que a la mayoría de nosotros nos parece inconcebible que alguien que se dedica a los fríos números y las ecuaciones, inentendibles para una gran parte de la población (históricamente, matemática fue la materia más problemática del colegio), pueda tener el talento artístico que se necesita para escribir versos placenteros de leer.

Pero la historia nos muestra que, contra lo esperable, existieron matemáticos que escribieron poemas. Muchos lo hicieron al final de sus carreras, aunque varios escribieron en pleno auge de su popularidad en el mundo matemático.

Quizás el ejemplo más conocido sea el del autor de Alicia en el país de las maravillas. Aunque la obra mencionada no sea del género poético, ha trascendido varias generaciones para instalarse como uno de los cuentos infantiles que más veces las madres han dado a leer a sus hijos. El autor, Lewis Carroll, era, además de escritor, matemático. No fue una de las más grandes luminarias de un período en el que, haciendo justicia, trabajaron algunos de los más grandes matemáticos de la historia reciente, pero, de todos modos, sus aportes a la ciencia fueron más que importantes.

Claro, uno puede pensar, hacer una carrera en las Ciencias Exactas no necesita estar reñido con la literatura, sobre todo si uno piensa que Carroll se dedicó a la prosa, que es –en general- menos artísticamente adornada que la poesía. Pensemos que Carroll, de alguna manera, tenía que comunicar los conocimientos que lograba al resto de la comunidad matemática, y esto casi siempre se logra a través de papers escritos. Por lo que no podemos presuponer que estos científicos sean negados para la pluma.

Pero, en cambio, hubo otros matemáticos que sí escribieron poemas. Por ejemplo, uno de los más grandes matemáticos y físicos del siglo XIX, el escocés James Clerk Maxwell, conocido sobre todo por su trabajo unificador de la electricidad y el magnetismo (para aclarar, esto es, en Física, un logro excepcional, sin el cual hoy no tendríamos luz eléctrica, con todo lo que eso significa), se las arregló para escribir unos cuantos poemas. El siguiente es uno de ellos (está obviamente en inglés, y me resisto firmemente a traducir poesía), y habla sobre “dar clases de matemática en el mes de noviembre”:

In the sad November time,

When the leaf has left the lime,

And the Cam, with sludge and slime,

Plasters his ugly channel,

While, with sober step and slow,

Round about the marshes low,

Stiffening students stumping go

Shivering through their flannel.

Maxwell, está claro, no sólo descubrió lo dicho acerca de la electricidad y el magnetismo, sino que además ahondó en la teoría de gases, en el análisis de los colores, en la termodinámica, etc. En fin. Un genio. Al que, por lo que vemos, le sobraba tiempo como para ponerse a escribir.

También otro matemático muy famoso en su época, Augustin-Louis Cauchy, compuso algunos poemas. De ellos el que más se destaca es uno que le escribió a su futura esposa:

Te amaré, mi tierna amiga

hasta el final de mis días

y como hay otra vida

tu Louis siempre te amará.

Claro está, una cosa son estos poemas, y otra cosa son los de autores consagrados. Ni Maxwell ni Cauchy ni ninguno de sus colegas son Rubén Darío. Quizás sus poemas son algo acartonados. Pero, que le pusieron esfuerzo, no podemos negarlo, y que los matemáticos en ocasiones pueden expresarse es más que verdadero.

alicia pais maravillas

En el caso de Maxwell, hay que decir que en su más tierna infancia recibió una educación más artística que matemática. A los diez años, según datos biográficos, el niño James podía recitar de memoria poemas completos y ubicar por orden versos que le decían. En el colegio, Maxwell ganó premios por sus composiciones poéticas. Así que no era tan negado, al final. Pero más tarde, a la muerte de su madre, el que tomó las riendas de la educación fue el padre, que lo hizo estudiar matemática, y el resto es historia. Y Lewis Carroll, un ávido lector en su infancia, también probó con la escritura antes de dedicarse a la matemática. No se metió en matemática tan profundamente como Maxwell, pero ciertamente dejó trabajos que fueron, aunque más tarde, reflotados y estudiados.

¿Y por qué se da esto de que algunos matemáticos desarrollen un gusto por la poesía, o por la creación literaria? Parece ser que el proceso creativo de los poetas y de los matemáticos tiene ciertas similitudes. De acuerdo a un artículo de Emilio Pedro Gómez, profesor de matemáticas que escribe poemas, los matemáticos y los poetas tienen por norma “inquietar sin tregua a la razón”. Es decir, desafiar los límites de lo que se conoce en su campo. El artículo provee ejemplos, como por ejemplo el pasaje del racionalismo al romanticismo a mediados del siglo XIX, seguido por el pasaje de éste hacia el dadaísmo a principios del siglo XX, que fueron cambios muy radicales en el modo de hacer literatura; en el campo matemático, da el ejemplo del paso de la geometría en el plano a la geometría en la esfera. En ambos casos se puede hablar de cambios radicales, de la literatura y de la matemática. Además, de acuerdo a las palabras de varios matemáticos y poetas, el subconsciente juega un papel importante en la creación, en palabras de matemáticos que han dicho que “tras largas horas de trabajo infructuoso, de repente sobreviene la inspiración en momentos de descanso”. Y, en un sentido, esto último es verdadero incluso para la poesía: los versos salen, no se piensan. Como último punto, tanto en poesía como en matemática, se busca lo estético, se buscan combinaciones “bellas” (hagamos un esfuerzo por entender esto en el campo matemático, pero más de una vez se ha escuchado hablar de una “solución elegante” a un problema).

Aún así, sin cerrarnos sólo a estas razones (que son muy valederas), se podría considerar que las personas con talento para las matemáticas no necesariamente deben carecer de talento para las letras. Un conocido mío, que era bueno en matemática en edad escolar, integró una banda de música y en la actualidad toca la guitarra y el piano excelentemente. Las vueltas de la vida lo han llevado a trabajar en un puesto contable. Entonces, ¿corresponde darlo por perdido como músico, sólo por el hecho de que sea contador? En este sentido es muy esclarecedora la letra de una canción de La Oreja de Van Gogh, que menciona a un “poeta que decide trabajar en un banco”. Las capacidades, que se puede discutir si son innatas o no, lo que escapa al alcance de este artículo, pueden desarrollarse en la medida que su poseedor se dedique a actividades que las exploten.

leo da vinci

Y si no alcanza con este ejemplo, podemos ver a Leonardo Da Vinci, que en el siglo XV fue pintor, médico, arquitecto y músico, entre otras profesiones. En su época, la limitada (en comparación a hoy) cantidad de conocimiento que había acopiado la humanidad le permitía a Leonardo explotar todas sus habilidades, dominando cada uno de los campos del saber. Hoy en día la cantidad de conocimiento ha crecido enormemente, lo que hace complicado siquiera dominar dos disciplinas (por ejemplo, medicina y matemática); ni hablar de ser una eminencia en muchas.

Así que… si usted ve a algún practicante de las ciencias exactas hacer intentos en la literatura, no se inquiete… quizás pueda irle verdaderamente bien.

Visto

visto

El hombre fue llevado ante el tribunal, esposado; en la cara se le veían las huellas de sabe Dios cuántos días en el calabozo de una cárcel suburbana. El juez, tras las formalidades de ocasión, presentación de abogados, fiscal, secretarios y demás, se dispuso a pronunciar los cargos presentados contra el acusado. “Ignorar cartas enviadas hacia usted”, fueron las palabras del juez.

Seguramente, ninguno de los que lean esto habrá escuchado una historia así. Aunque más de uno quizás quisiera que esta situación fuera real. No creo errarle si digo que una de las cosas que más polvareda ha levantado es la famosa y nunca bien ponderada confirmación de lectura de los mensajes de texto, de la naturaleza que sean (Whatsapp, Facebook, etc). Se invocaron avances sobre el derecho a la privacidad de las personas, se generó polémica y, obvio, hecha la ley, hecha la trampa: se inventaron formas de “esquivar” el visto, es decir, leer un mensje sin que el remitente lo supiera.

Si esto es inexplicable, aún más lo es el hecho de que las empresas involucradas tomaron partido en la situación. Sí, como si a ellas les resultara ventajoso o beneficioso el hecho de que se sepa si alguien leyó un mensaje enviado y no lo contestó.

La necesidad (o más bien la ansiedad) de saber si alguien leyó algo que enviamos ha sido una constante a lo largo de los tiempos. Pensemos, no más, en la Antigüedad, cuando se enviaban cartas que demoraban días en llegar al destinatario. Ahí había dos incógnitas: en primer lugar si la carta había llegado y, en segundo, qué respondería el que la recibía (si esto había ocurrido). Uno asumía que, si la carta llegaba, la iban a abrir (no habría, en principio, razón para creer lo contrario). Pero uno esperaba que la carta trajera respuesta, y se empezaba a preocupar cuando pasaban los días y el cartero no se detenía en nuestra puerta, o no encontraba nada debajo de la puerta.

Pero, incluso en esos tiempos, la gente quizás no contestaba las cartas inmediatamente después de recibirlas. Claro, había que pensar en qué se quería decir y cómo, y luego escribir la carta. ¿En qué momento de nuestra existencia se instaló en nuestro balero la idea de que los mensajes hay que contestarlos inmediatamente después de leerlos? Y es que, a lo mencionado de tener que pensar una respuesta, se le agrega que casi siempre estamos haciendo alguna actividad. Parecería que cuando más lógico sería que la gente tarde en contestar, menos se acepta.

No sé qué cantidad de parejas se rompe por mes debido a que uno de los dos se toma tiempo para contestar mensajes, pero la verdad es que, a veces, estaría bueno ser menos ansiosos con ese tema. Ojo, el visto no lo considero por sí mismo una cosa mala. A todos nos sirve saber que alguien leyó lo que le mandamos. Lo que a veces es criticable es la actitud de exigir respuestas inmediatas. En algún momento van a contestar, si es que lo que escribimos merece una respuesta.

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