Días de sol

Recuerdo perfectamente el día en que empezó todo. En realidad, yo ya venía entreteniendo en la cabeza la idea de “y mirá si justo ahora…”. La idea de ir a pasar quince días en la playa era alentadora, más sabiendo que en la primera parte de enero todos mis amigos se iban de vacaciones, con lo cual los que quedábamos en la ciudad tratábamos, como podíamos, de sobrellevar ese tiempo en medio del calor, la parafernalia urbana (aunque disminuida por el éxodo vacacional, la ciudad no deja de ser una mole de cemento que se te viene encima) y la sensación de no haber escapado del todo de la rutina. Verdadero, no se estudia. Verdadero, no hay horarios que cumplir. Pero, aún así, el aire libre siempre libera, valga la redundancia.

Del momento en que me la encontré, no me acuerdo demasiado, en verdad. Fue en una casa de discos, donde yo había ido para comprarme un CD de una banda que acababa de conocer. Dentro de la disquería, un anaquel en el medio, dividido por su parte central, con cassettes a un lado y tapas de películas al otro. En las paredes de los dos lados, discos de distintos géneros y épocas. Luego de entrar, me quedé un rato mirando lo que había, simplemente por curiosidad. Pero resulta que no estaba solo en mi empeño, cosa que me di cuenta cuando escuché una voz femenina detrás de mí que me preguntaba “¿Éste es el sector de la música nacional?”. No me sorprendió la pregunta, ya que no había indicaciones en el anaquel. Me di vuelta para ver quién preguntaba, y vi una chica de pelo muy negro, más o menos de mi altura y que tenía un aspecto algo aniñado; claramente, por la cara, tendría algunos años menos que yo. Nunca me propuse recordar su cara, ya que en esta ciudad está lleno de gente. Me voy a olvidar seguro y, además, ¿para qué me sirve recordarla, si seguramente no me la voy a cruzar de nuevo? A pesar de ello, una sensación algo rara ya había invadido mi espíritu. Encontré mi CD y me fui, tras pagarlo.

Los primeros días parecieron confirmar mi pensamiento. No me la encontré ni el día siguiente, ni el otro, ni el otro tampoco. Es más, me terminé por olvidar de ella, porque después de todo había sido sólo una chica que me había hecho una pregunta en un negocio equis de la ciudad. En realidad, tampoco necesitaba nada. Porque entre la playa, el mar (había descubierto el verano anterior un pasatiempo muy divertido, que consistía en arrojarse sobre las olas en posición horizontal, bien derecho, intentando nadar y que la misma ola lo llevara a uno, muy como el surf pero en este caso uno sería la tabla) y alguna que otra actividad, se iba el día. ¿No había dicho antes que el objetivo de todo esto era liberarse, hacer exactamente lo contrario de lo que se hace todo el resto del año? Bueno, en este momento la vida estaba siendo exactamente eso. Las caídas de sol mirando el mar, eternamente, sin que el giro de las agujas del reloj importara en lo más mínimo. Lo único que marcaba el paso del tiempo era lo que a los antiguos se lo había marcado: el sol.

playa

Una tarde, mientras estaba en mi usual observación de cómo la gente se iba de la playa, vi gente que no se iba. Fui a mojarme los pies al mar, como para matar la inactividad de estar sentado, y mientras miraba hacia la playa para emprender la vuelta, mi vista se topó con alguien que me sonaba. Era una chica indudablemente adolescente, de contextura mediana. Al volver, me desvié sólo un poco como para pasar más cerca de ella. Y la pude ver. Si bien no era lo que se conoce habitualmente como escultural, tenía algo en ella que era llamativo. Tenía pelo negro, algo rizado, que le caía por atrás de los hombros dándole una forma estilizada a su cara. Dos ojos negros como la noche en luna nueva y dos finos labios completaban una cara que, si dicha parte del cuerpo fuera más observada a la hora de buscar pareja, sin duda habría hecho de esta chica una presa muy buscada. Yo, obviamente, me quedé mirándola, y grande fue mi sorpresa cuando ella hizo lo mismo. Mientras caminaba hacia ella, una mezcla de sensaciones se apoderó de mí. Hasta que un rayo se cruzó por mi cabeza: ¿ésta no era la de la disquería? Y…podía ser. Ahí fue cuando una idea empezó a tomar lugar, y los cabos de alguna manera empezaron a quedar  atados. Y quedaron totalmente atados luego de unos segundos. Casi sin convencimiento, le pregunté para dónde quedaba la calle 105, cosa que yo sabía perfectamente: siguiendo de largo y encarando hacia la derecha. Ella, sin embargo, me respondió amablemente, y luego me preguntó si había encontrado mi disco. Entonces me quedó claro que era la de la disquería. Nos quedamos charlando unos cuantos minutos más, hasta que ambos nos tuvimos que ir, porque caía la noche.

Al otro día, nos volvimos a ver en la playa. De la charla del día anterior, habíamos quedado en encontrarnos en un lugar cercano al que nos habíamos visto esa vez. Nos contamos, a grandes rasgos, nuestras vidas, el tipo de cosa que hace una pareja cuando recién se conoce. Ella venía del interior, de Villegas, y aún le faltaban algunos años de colegio; era hija única, así que sin duda el hecho de pasar los días conmigo le iba a parecer positivo. Ese día le enseñé mi juego de nadar sobre las olas y dejarme arrastrar por ellas. A ella parecía interesarle, así que me pasé varios minutos exhibiendo, orgulloso, las habilidades adquiridas en los primeros días de ese verano. Ella al final, a pesar de que era reservada con respecto a meterse en el mar, se terminó metiendo, y a mí me tocó hacer las veces de profesor de mi arte marítimo. A la tarde, antes de que terminara de caer el sol, nos fuimos a caminar por la playa, hacia el lado del muelle, aunque sin llegar a él, mientras observábamos cómo la gente se iba a sus casas. Había otras varias parejas haciendo lo mismo, y era entendible: había sido un día totalmente soleado, y el paisaje era propicio para caminar en la playa. Luego de esto, nos despedimos y volvimos cada uno a su casa, antes de que cualquiera de las dos familias pudiera preocuparse.

Los días fueron pasando, entre la playa, el mar y alguna que otra salida al centro de la ciudad. Varias veces tomamos licuados en algún local de la playa, de esos en los que atienden los jóvenes más cool, las chicas invariablemente en bikini y los chicos en cueros, en todos los casos con un bronceado que denuncia haberse puesto a tomar sol algunos meses antes del verano. Logramos encontrar un bar que hacía buenos licuados y a buen precio, así que en un momento empezamos a encontrarnos siempre ahí. Ella se hizo rápidamente hábil en el arte de surfear las olas con el cuerpo; también tenía paletas y una pelota, y jugábamos interminables partidos al borde del mar, partidos que invariablemente terminaban con los dos en el mar, sumergidos entre una serie de abrazos, salpicones, chistes, coqueteo. A veces, también, pasábamos parte de la tarde en la casa que alquilaba la familia de ella, que tenía jardín. Así fue que me mostró los dibujos que hacía. Eran admirables; yo creo que si se lo tomaba en serio, podía llegar a sacar un libro con ellos, o promocionarlos de alguna manera, en alguna feria de arte, o similar. Tomando la iniciativa, ella me indicó que me sentara en una silla y me quede quieto; luego procedió a tomar una hoja de papel y sus lápices de colores, y en menos de diez minutos hizo un retrato mío. ¿Qué diferencia había entre ese retrato y una foto mía? Ninguna. Obviamente, me guardé el retrato en el bolsillo y cuando llegué a casa me quedé mirándolo durante un buen rato.

Una tarde, en la que estábamos en la playa, el momento nos encontró caminando al costado del mar. Casi casualmente (aunque era a propósito), hice chocar mi mano con la de ella. Esto la hizo detener en seco y pararse adelante mío. La miré brevemente: estaba sonriendo. Mis ojos se encontraron con los de ella, yplaya beso ahí pude percibir lo que ella estaba pensando, era demasiado claro, como que me dio pie para continuar. Ya le podía ver las pestañas, los ojos negros que se hacían algo amarronados por el reflejo del sol, sentía su respiración… Luego de algo menos de un minuto, el mejor minuto de todos los que tuviera memoria, nos separamos. Nos quedamos unos minutos más abrazados, nos sentamos a ver la caída del sol, dejando que el tiempo corriera, nada nos iba a robar ese momento.

Esa noche yo volví a casa con un aire de triunfalismo muy grande. No era para menos, acababa de concretar lo que yo sentía por la chica que había conocido. Me resultó muy difícil dominar mi excitación en la cena, aunque por suerte nadie preguntó la razón de tal estado. Esa noche fuimos, luego de cenar, a tomar helado a una heladería de la principal, y yo al ver pasar parejas, sentí una sensación de igualdad con ellos, como que estaba en el mismo barco. Me fui a dormir pensando una variedad de cosas, pero sobre todo en ella, la chica de la disquería.

Al otro día, me levanté contento. Desayuné leyendo el diario, ayudé a levantar la mesa del desayuno, algo que no hacía seguido, y me ofrecí a llevar las cosas más pesadas a la playa. Sin embargo, no me encontré con ella. Estará por llegar, pensé. No apareció en el resto del día, y a mí me resultó raro, pero comprensible, ya que incluso yo pensaba que, a veces, ir a la playa estaba de más, si yo incluso ya había pasado alguna tarde con ella en su casa, bajo la idea de que la playa no es lo único que tiene esta ciudad. Durante el día, no le di demasiada importancia al hecho, quizás ella quiera estar con la familia. Pero, cuando iba llegando la noche, un sentimiento lejano de incomodidad fue ganando mi ser. Esa noche me costó dormirme, me puse a ver un partido de fútbol que estaban dando por la tele para distraerme, y luego, tras dar varias vueltas en la cama, me terminó venciendo el sueño.

soledad

A esta altura, me quedaban cuatro días antes de que me tocara volver a casa, a la ciudad. Pero se me hacían eternos. Quince días en la costa debe ser una eternidad, los últimos días no se disfrutan tanto. Uno queda con la sensación de que ya lo mejor pasó y, cuando las actividades se vuelven rutinarias, la sensación de hastío es, por momentos, insoportable. ¿Y de la chica? Ni noticias. Nuestro último momento juntos había sido aquel beso en la playa, y después, ¿qué? Que yo supiera, ella no se iba al día siguiente, ni nada. Me quedaba aún el retrato que ella me había hecho en la casa, y por las noches me quedaba mirándolo durante varios minutos, pensando en vaya a saber uno qué, así de revolucionada estaba mi cabeza. La chica no apareció más en la playa, ni en ningún otro lado. Mi estado de ánimo en esos últimos días se parecía más al de una persona en un velorio que al de alguien que está de vacaciones en la costa. ¿Cómo era posible que, después de las cosas que habíamos vivido, ella no apareciera? Y todo había sido muy sorpresivo, porque hasta el día del beso habíamos estado muy cercanos, y después…la nada misma. No le encontraba explicación. Y, de a ratos, la soledad se sentía como una insoportable lentitud del tiempo. Los días que quedaron fueron larguísimos.

Y llegó el día de volver. Empacamos y nos subimos al auto, encarando la ruta de regreso. El viaje transcurrió sin contratiempos, hasta que llegamos a casa. Desarmé mi valija rápido (yo siempre soy muy veloz para desarmar valijas luego de un viaje) y guardé todo en su lugar. No fue sino hasta varias horas más tarde que me acordé del retrato que mi chica de la playa me había hecho. Y no lo tenía. Había quedado en el armario donde guardaba mis cosas, en el departamento que alquilábamos. Por un momento me puse a pensar qué pensaría el dueño cuando se lo encontrara. ¿Llamaría a mi papá para avisarle? Improbable. Y era mejor que así fuera. Lo mío con la chica quedó allá, y allá se quedó el retrato. Cuando las cosas deben finalizar, deben finalizar, de alguna manera te vas a dar cuenta. No vale la pena estirarlo. Mejor quedarse con un lindo recuerdo de algo que fue breve, que quedarse con un mal recuerdo de algo duradero.

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