Domingueros, o el placer de vivir la vida

Domingo, 10 AM. Carlos (pongámosle este nombre, aunque podría ser cualquier otro) se levanta de la cama. Encara la cocina. Pone leche a calentar, con la idea de hacerse un café con leche. Mientras se calienta, va hacia la puerta, la abre y levanta el diario que, unas horas antes, un abnegado canillita le dejó en la puerta, como todas las semanas. Para este momento, la leche se ha terminado de calentar, así que Carlos regresa a la cocina con el diario, toma el café, el azúcar, se prepara su desayuno, saca alguna galletita para acompañar, y se dispone a informarse de todo lo que pasó.

Esta escena es muy típica de las mañanas de los argentinos. A Carlos nada lo sacará de su lectura matinal, ni siquiera la necesidad de pensar en qué almorzar, algo que (con frecuencia) ya está definido. Nada de qué preocuparse: durante el día anterior, ya fueron hechas las compras pertinentes para que, este domingo, se pueda disfrutar de la mesa en plenitud con la familia. ¡Dale, que en cualquier momento llegan!, grita, desde algún lugar de la casa, María, esposa de Carlos desde hace ya no se sabe cuántos años, y que, como toda mujer ocupada de las cosas de la casa, se desvive por que ésta quede presentable para las visitas, algo que nunca logrará. Más bien, un minuto antes de que lleguen las visitas quedará conforme por la simple razón de que ya no se puede hacer nada, que el desastre ya está hecho y que nunca se podrá arreglar. “No miren el desorden”, le dirá, entre resignada y amable, a los que lleguen, casi siempre temprano porque creyeron que iba a haber tránsito pero éste nunca existió.

Once y media. Hora de prender el fuego. ¿Hay carbón? se pregunta, con cierto sobresalto Carlos. Por suerte hay. Entonces, pacientemente, se pone a hacer la pila de papel, seguida de ramas recolectadas de algún paseo por el parque en época de poda, y arriba los trozos de carbón en una forma cuidadosamente ideada como para que la pila no se desmorone y, a la vez, se pueda prender. Innegociable, el montoncito de carbón a un costado, “para hacer de reserva de fuego”, aunque casi nunca se use. La carne, cuidadosamente salada, no, con sal fina no, con gruesa, ¡¿no entendés?! arriba de la parrilla, se va cocinando mientras Carlos y María reciben a los invitados, les muestran dónde dejar los abrigos (es agosto, hace frío por momentos), comen una picada y hablan del tránsito para venir, de dónde dejaron el auto, de que es imposible encontrar un lugar en la calle, y demás cosas, sólo tendientes a pasar el tiempo que resta hasta que la carne esté cocida, momento en el que se suscitará la eterna discusión entre los que les gusta a punto, pasadita, jugosa y todo otro estado posible.

asado domingo

Ya están todos a la mesa, y luego del aplauso para el asador de rigor, se dedican a comer. Por las cuatro horas restantes todos (sí, todos) se dedicarán a ponerse al día, porque si para algo fueron hechas las comidas de domingo es para contarse lo que pasó desde la última juntada. Entonces, sobrevendrán las risas, las confidencias, que mi hija aprobó una materia en la facultad, que la otra se puso de novia, etc. De a poco, la comida va dejando paso al postre, y luego a la sobremesa. Otro momento de charla, en donde, si faltó decir algo, se cuenta acá.uego, a las cinco de la tarde, el obligado té, costumbre heredada de los ingleses que, pese a no habernos podido invadir allá por principios del siglo XIX, en el poco tiempo que estuvieron acá parece que alcanzaron a dejarnos. O, capaz, es una necesidad fisiológica del cuerpo (tomar el té a las 5 de la tarde, no creo que el cuerpo tenga un reloj pero por alguna razón siempre a esa hora dan ganas de tomar algo). Siempre, ineludiblemente, con facturas traídas por los invitados. Seis de la tarde, hora de irse para los invitados, que se levantarán aduciendo motivos del tipo de “se va a hacer de noche” para emprender la retirada, retirada que el dueño de casa espera para poder ver el partido de las seis y cuarto tranquilo. Porque el partido no se negocia. Se ve, o se ve.

partido domingo

Con los invitados afuera, y con el sol afuera aferrándose para no caer detrás de la última línea de edificios, Carlos y María se disponen a levantar la mesa. Una tarea casi tan titánica como la de disponer todo a la mañana, sólo que acá se trata de limpiar todo lo más rápido posible para descansar. Y Carlos se va a ver su partido, María a leer, cada uno por su lado se sumergen en lo profundo de su ser, sin pensar en nada, ya terminado el momento de la hospitalidad. Qué lindo es el domingo, la verdad. Con todos los estereotipos que carga a cuestas, igual es un día para disfrutar. Porque, ¿qué haríamos sin la diversión de las juntadas multitudinarias, a charlar, a comer, a vivir la vida? Es un cliché, sí, es algo muy cursi si se quiere lo del domingo, pero a medida que se acerca, uno no puede dejar de pensar en lo que va a hacer ese día. Parece como si el hecho de no cumplir con el ritual dominguero nos fuera a dejar un vacío en nuestras vidas, como que no fueran a ser completas.

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