Alena

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Alena abre los ojos. No hay demasiada luz, tan sólo una luz colorada que llega del pasillo a través de la puerta entrecerrada. El cuarto no tiene ventanas, aunque ella tiene la casi certeza de que aún es de noche. Ni siquiera sabe cuántas horas ha podido dormir, porque no cuenta con reloj. Al lado de su cama, sobre una mesa de luz se agolpan un velador, una caja con distintos geles y fragancias y efectos personales de Alena.

No sabe cuánto tiempo lleva en este lugar, aunque su vida transcurre casi exclusivamente ahí. Desde que llegó de Hungría, junto con otras diez chicas como ella, escapando de la guerra, de la persecución y de la pobreza, ha estado allí. Con gran pena sus padres la despidieron, deseándole suerte y diciéndole que en cuanto puedan la van a ir a visitar. Ella desea que no lo hagan. En una atestada estación de trenes no recuerda dónde, un hombre le habló de un trabajo en la ciudad, bien remunerado, vas a poder hacerte un futuro en un país estable, y demás yerbas. Peor luego subió a una camioneta con vidrios oscuros, y apareció en una oficina algo precaria. Con pretextos de registración y otros requisitos formales entregó sus documentos. Nunca más los volvió a ver, al igual que a sus compañeras de viaje, de las que nunca supo su suerte.

La puerta del cuarto se abre, una persona entra. Alena enciende la luz del velador. Es un hombre de unos cuarenta años, porte de ejecutivo de empresa, pantalón de vestir, camisa. Lo mira a los ojos, los descubre vacíos. ¿Qué llevará a la gente a solicitar putas?, se pregunta Alena mientras se imagina el entorno del hombre. Lo imagina abrumado por el trabajo, con una esposa e hijos que en la casa lo esperan con ansias, para siempre encontrarlo indispuesto. ¿Sabrá su familia lo que está haciendo? Seguramente, no. Todas estas preguntas Alena aprendió a hacérselas a medida que pasó el tiempo, siempre le resultaron a ella un escape a la rutina y, de paso, una suerte de fuente de imaginación, algo que no suele abundar en un cuarto de cuatro paredes con luz roja. Porque la verdad es que Alena sale poco del lugar. Sólo algunos días, y siempre debe volver de noche.

El hombre avanza hacia ella. Cruzan algunas palabras y luego pasan a la acción, a lo que ella ha hecho por tantos años. Ella le saca el pantalón, luego la ropa interior. Y le practica sexo oral al hombre, que, tirado en la cama, con la cabeza para atrás, de a ratos atina a guiar con la mano, en un rítmico movimiento, la cabeza de la muchacha, como exigiéndole que siga. Ella se presta al juego, con la maestría de siempre, porque si hay algo que ella sabe hacer, son justamente estos juegos. A lo largo del tiempo Alena ha perdido el pudor, a fuerza de hacerlo con más y más ejecutivos, hombres adinerados, maridos y novios tramposos, todos con un denominador común: llegan, hacen lo suyo, y se van. Para ellos, Alena será sólo un vehículo de derrame de sus pasiones más bajas y de sus líquidos.

Alena se levanta. El hombre sale de su limbo y ahora la acuesta. Se nota que sabe tratar a una mujer, que no es un novato. No siempre ella tuvo esa suerte, a veces le tocaron (valga el doble sentido) verdaderos animales. Con sus ásperas manos, recorre todo el cuerpo de la chica, arrastrando con ellas la ropa. La blusa le deja paso al corpiño, y éste a su vez descubre la visión de dos redondísimos senos, herencia de su origen étnico, y que han recorrido tantas manos que ha perdido la cuenta. A su turno, cae la pollera. Y, por último, recorriendo cada centímetro de sus largas piernas, el hombre le baja la bombacha. Luego de un beso, muerde su oreja. A pesar de su oficio, Alena aún no ha perdido algunas sensaciones; se viene encima del hombre, que a estas alturas está cada vez más duro y atontado por lo que en esos momentos pasa por su ser.

De pronto, las caricias cada vez más cerca del tesoro dorado, los jadeos de él que se intensifican, dos cuerpos en total estado de excitación, fuera de sí. Y luego, como en un cuadro, la imagen de ella arriba de él, algo que entra y que sale, el cuchillo que se eleva y desciende, los gritos de él que suenan, definitivamente desgarradores. Ahora Alena no es esa dulce chica que con tanta maestría había embelesado al cliente anónimo. Entran los encargados del burdel, alertados por el sonido de los gritos. Los hombres, todos de riguroso negro, rodean a Alena, que aún sostiene el cuchillo ensangrentado. Entre los últimos gemidos del malogrado cliente, algo es seguro: nunca más un hombre volverá a poner una mano encima de ella.

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