La biblioteca de Babel

biblio babel

A mediados de la década de 1940, Jorge Luis Borges escribió este genial cuento, que describe una biblioteca comparable, según el autor, con el Universo mismo. La Biblioteca (ahora la voy a empezar a llamar con mayúscula, para diferenciarla) pretende ser “interminable” y una frase califica su inconmensurabilidad: “La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible”.

La Biblioteca pretende tener todos los libros posibles de existir en el mundo. Incluso los que aún no se escribieron. De esa manera, es infinita y, más allá de las historias que se cuentan en el cuento (valga la redundancia), de personas que mueren en su interior, o de buscadores que llegan al final “rendidos, contando que una escalera sin peldaños lo mató” y cosas así, la idea de una biblioteca que contenga todo, absolutamente todo lo posible de escribir se adivina a medida que uno avanza en la lectura.

Antes de Borges, y en una forma no tan abarcativa, existieron también intentos de consolidar todo el conocimiento de la humanidad. La Biblioteca de Alejandría, por ejemplo, llegó a tener alrededor de 400 mil libros (algunos de ellos, en realidad, rollos de papiro; sería más exacto hablar de volúmenes o tomos). Se dice que, además, incluía un zoológico y jardines, y que entre sus obras había escritos persas, hindúes y hasta africanos. Su mantenimiento y curación corría por cuenta de algunos de los más lúcidos filósofos y poetas de la época. Arquímedes y Apolonio estuvieron entre sus colaboradores.

alejandria

En ese momento, el puerto de Alejandría era uno de los más importantes de la región, y a él llegaban numerosos barcos que eran registrados, lógicamente, en busca de elementos de contrabando. Si se encontraba algún texto escrito, se secuestraba (vaya uno a saber bajo qué argumento), se encargaba a los redactores de la Biblioteca que lo copiaran y, una vez terminada la tarea, se devolvía a su poseedor, informándole de que no se había encontrado nada anormal (!) (Obviamente, esto es una generalización. Vista la época, no sería muy descabellado imaginar que esto no sucedía en el 100% de los casos, pero no le demos un costado violento a la noble tarea de preservar el conocimiento).

Pero había un problema. Alrededor del nacimiento de Cristo, lo que hoy es Europa y el norte de África estaban en plena efervescencia militar. Y, al igual que pasa hoy en Medio Oriente, el patrimonio de la humanidad nunca está a salvo de los conflictos armados. En medio de la guerra que mantenían los imperios romano y egipcio (dentro de la cual se inscribió, por ejemplo, la historia de Julio César y Cleopatra), era muy difícil que la Biblioteca, ubicada en una zona central de la ciudad, no cayera presa del fuego. Y así ocurrió. Ya sea por culpa directa de Julio César, como muchos atribuyen, o por un incidente desafortunado no achacable a nadie, la Biblioteca ardió. No hay consenso sobre si la totalidad de los libros quedó destruida, o si fue sól una parte. Los primeros documentos encontrados de la época afirman que la Biblioteca desapareció por completo (Plutarco), pero más tarde aparecieron nuevas fuentes que dicen que, en realidad, lo que se habría quemado sería solamente una parte del edificio, y otros testimonios van más allá al afirmar que lo que se quemó serían volúmenes que estaban en el puerto, en espera de ser clasificados (Dion Casio). Asimismo, hay testimonios posteriores a las guerras entre Egipto y Roma, que mencionan la existencia de un “gran almacén de libros”, dando crédito a la versión de que gran parte de la Biblioteca se salvó.

Tras el imperio romano, y la consecuente expansión del cristianismo por Europa y oeste de Asia, inició un período en el que los libros, en general, estaban confinados a los monasterios. No es de extrañar esto, ya que la religión dominaba todas las esferas del poder: durante la Edad Media, de hecho, muchas de las monarquías se basaron en el poder divino, explicación mediante la cual se legitimaban las acciones de los reyes (en ocasiones reñidas con la moral, pero bueno, es designio de Dios, y si Dios dice que es necesario tomar determinada acción, entonces debe serlo. No era muy democrática la cosa).

Más allá de que los libros estuvieran en monasterios y demás dependencias de la Iglesia, lo cierto es que no existía ninguna centralización. Cada monasterio podía tener una biblioteca más o menos completa, según el esfuerzo que hubieran puesto en la recopilación y/o transcripción de libros (en esa época estaba muy difundida la práctica de copiar libros por parte de los monjes) y la suerte que hubieran tenido. No hubo nada parecido a la Biblioteca de Alejandría, ni nadie lo creyó necesario, hasta el siglo XVIII.

chambers encyclopedia

En este siglo, hubo varios intentos de compilar todo el conocimiento. Uno de los primeros fue el de Ephraim Chambers y su Encyclopaedia, monumental obra en inglés que pretendía resumir todos los conocimientos disponibles a la fecha tanto en ciencias duras como en humanidades y arte. Fue una obra pionera, cuya característica eran las ilustraciones, y se tradujo al italiano. Y, luego de publicada, salieron nuevas versiones, cada una con más material acerca de cosas que, por desconocimiento o desinterés, habían quedado incompletas en las ediciones anteriores. Incluso fue traducida al italiano, y pudo ser publicada en francés, pero el autor se negó.

La obra de Chambers fue un punto de inspiración para que, en Francia, Denis Diderot y Jean D’Alembert publicaran su Enciclopedia. Este trabajo también persiguió el objetivo de consolidar todo el conocimiento disponible. Contó con muchos colaboradores, entre los que se pueden contar a Montesquieu y Voltaire, y, al igual que la versión inglesa, con el tiempo se fue completando.

diderot-titlepagePero había un problema: en Francia, al momento de la publicación, el clima político estaba en franca ebullición (la enciclopedia se presentó unos treinta años antes de la Revolución). La obra creó polémica en la sociedad, a tal punto que, unos años luego de salida al mercado, Diderot y D’Alembert mantuvieron un enfrentamiento público y se distanciaron. Además, la Enciclopedia era de claro corte protestante y contrario al catolicismo puro. No es necesario decir qué hizo la Iglesia con ella.

A medida que pasó el tiempo, sin embargo, y a medida que se fueron perfeccionando métodos de investigación y avanzó la filosofía del conocimiento, la cantidad de información disponible aumentó a tal punto que se hizo muy difícil poder reunirla toda en un solo lugar (físico o simbólico). Hasta principios del siglo XIX aproximadamente, una misma persona podía tener varias profesiones y dominarlas. Por ejemplo, el mencionado D’Alembert era filósofo y matemático. Louis de Jaucourt, otro colaborador de la Enciclopedia, era médico, político y economista. Más allá del siglo XIX, sin embargo, se vuelve difícil encontrar ejemplos como los de estas personas. Menos hoy en día. Y es que, ¿alguien puede imaginar hoy en día un médico que además sea matemático, y que esté al tanto de las últimas novedades en esos campos, al punto de ser un eminente médico y un eminente matemático? Bueno, si todo ese conocimiento es difícil de hacer caber en una cabeza humana, también ha de ser difícil editar una obra escrita que lo contenga. Y, además, tal obra quedaría rápidamente desactualizada. En la época actual, gracias al acceso a la información y sobre todo a la tecnología disponible, la creación de conocimiento es un proceso muy veloz.

Y, hoy por hoy, quizás lo más parecido a esa idea tan romántica de condensar todo el conocimiento sea Google o, más genéricamente, Internet. Un conjunto de servidores, diseminados por el mundo, contienen casi todo lo que se sabe, en una emulación moderna de aquella Biblioteca de Alejandría, o de aquellas enciclopedias del siglo XVIII. Y hay dos características que vuelven a esto más interesante: es muy fácil aportar contenido, y también es muy fácil obtener información. Lo que parece haber cambiado es, quizás, el método de “edición”: mientras antes había personas encargadas de relevar todo lo que se pretendía incorporar, hoy en día esa tarea la cumplen los que buscan información, filtrando lo que les llega del cúmulo de información a granel que es Internet.

Y de esta manera, se completa el círculo de Borges. La Biblioteca existe ad infinitum; lo más parecido hoy en día al infinito es el conocimiento humano.

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