Quinto piso

amanecer

Sin dejar de mirarla, la tomó de la mano. Una suave presión de los dedos de ella le confirmó que su movimiento no había sido ni inoportuno ni demasiado osado, cosa que en la época del “no significa no” y movidas similares siempre es reafirmante. En una cabeza dividida entre el alivio por haber sido correspondido y la ansiedad de no saber qué hacer después (toda conquista abre un mundo de posibles resultados, al que ningún hombre, por más curtido que esté, reacciona con tranquilidad), no cabía ninguna otra emoción.

Uno nunca sabe el tipo de cosa que lo va a llevar a encontrarse con esa persona especial, con esa persona a la que va a ver y no va a sentir lo mismo que al ver a cualquier otra, al jefe, al conductor del colectivo, al diariero. Mejor dejarle ese tipo de cosas a los que estudian la vasta e insondable teoría de las probabilidades, que bien saben cómo hacerlo. Y él, que la había soñado tantas veces, que la había visto pasar tantas veces adelante suyo, porque resultaban compartir piso en su edificio, sin que jamás pasara por su cabeza la posibilidad de decirle siquiera hola. En su cabeza, por supuesto, él tenía armada una infinidad de posibles conversaciones que podrían llegar a darse, cada una de ellas con las derivaciones posibles. Por uno u otro motivo, nunca llegaron a darse, ni en los palieres del edificio, ni menos en el ascensor. Y ella quizás intuía algo, no por nada uno se cruza muchas veces con la misma persona, en algunas cosas el azar, simplemente, no cumple sus propias leyes.

El chico se inclinó. Dos bocas se juntaban, y un poco más abajo dos corazones daban saltos espectaculares en una imaginaria carrera hacia una meta que Dios sabe qué tan lejos estaba. Una lengua intentaba trascender sus fronteras naturales, a lo que la otra contestaba tratando de hacer lo mismo, en una intensa y dulce batalla. Un beso con un dejo de sabor a menta y una gran dosis de telones caídos, de distancia desaparecida, de inoportunidad, por qué justo hoy que me encuentro a este chico que sabe tanto de computación se le va a ocurrir a mi fiel y leal HP haberse tomado un día de descanso y permanecer con la pantalla negra pese a tantos intentos al botón de encendido. Recorridos de las manos por la espalda, en circuitos laberínticos que sólo una cabeza (¿cabeza de enamorado?) puede inventar, y que van a terminar casi siempre yendo hacia el sur, hacia ese lugar en que las manos forzosamente deben separarse, pero esperando alcanzar, cada una, algo mejor.

Sus manos volvieron a unirse. Las mismas del principio, y a ellas se les unieron pronto los pies en riguroso unísono. Segundos más tarde, la ropa caía sobre el parquet del piso. La conclusión natural de todo, lo que acaso fuera muy esperable, estaba ocurriendo en ese mismo momento, como si los engranajes del universo hubieran estado coordinados para que pasara lo que siempre se espera pero que uno nunca está seguro de querer que pase, hasta que termina realizándose. Allí, en ese cuarto de un quinto piso de un edificio equis de la ciudad, había ocurrido. Algo de él había quedado en ella para siempre. Ya no era más una niña, ahora era mujer.

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