Violín

La muchacha se decidió. Tomó el violín y lo empuñó como se ha de hacer, según las reglas del arte: apoyando el extremo cercano al puente sobre el hombro, luego colocándolo en diagonal a la línea de sus hombros, apoyando suavemente los dedos sobre las cuerdas y tomando el arco con la otra mano. Lo había hecho tantas veces, que ya le parecía automático. Utilizando magistralmente el arco, ejecutó la primera parte del Caprice 24, de Nicoló Paganini.

Hacía años que tocaba el violín. Prácticamente, su vida había sido marcada por ese instrumento. A los siete años había visto a un artista callejero niña violintocándolo en un pasillo del subte de Buenos Aires, un hombre barbudo que sin embargo tenía una cadencia especial cuando se trataba de hacer sonar las cuatro cuerdas. Paula se enamoró instantáneamente del sonido que escuchó, de las inflexiones, de la melodía. Usando algún argumento que ella creyó incuestionable, o quizás por hartazgo, consiguió, finalmente, un violín, y la inscripción a clases en un centro de enseñanza del arte de su barrio. Luego llegaron las presentaciones en la escuela, en alguna muestra de fin de año del instituto, las Navidades y otras fiestas familiares mostrando su talentoviolin fin curso a los parientes que escuchaban atentamente, en fin, todo lo que viene como colateral de tocar un instrumento a temprana edad. Como quien
diría, los quince minutos de fama de la nena. Y, más adelante, algunos premios en exhibiciones, como si la suya fuera una vida para dedicarla al arte de combinar los sonidos.

plaza 1

No hacía demasiado calor ese día, a pesar de ser noviembre. Pero la duración de los días es otro de los indicios de que el año está en sus momentos finales, la temperatura no lo es todo. Y en esa plaza, entre las mascotas que salen a conocer la vida al aire libre (siempre he sostenido que los perros no son animales de departamento, mas no es ése un punto indiscutido entre la gente de ciudad), los deportistas de siempre y la ocasional pareja se adivinaban, entre el movimiento de las hojas al viento, algunos acordes de una música. Era algo difuso, la mayor parte de la gente no pudo identificar de dónde venía, aunque por alguna oscura razón todos se sintieron atraídos hacia ella. Era una música que uno no describiría justo como embelesadora, aunque su carácter un tanto caótico y frenético hizo que en un momento todos detuvieran lo que estaban haciendo y enfocaran sus oídos hacia el lugar desde el que venía la música.

La música iba en aumento, cada vez se escuchaba con más claridad. Mientras tanto, la gente que caminaba por las calles aledañas a la plaza se había sumado al plantel de espectadores. Un par de niños, tal vez no pudiendo soportar más el sonido, se habían echado a llorar, pero las madres, su atención absolutamente atrapada por lo que estaban escuchando, no atinaron a hacer nada, y los dejaron rumiando su dolor en violin girlsoledad. De repente, las tareas, los mandados, cualquier otra obligación, dejaba de ser una prioridad para todas las personas que ahora observaban. Algo, alguna cosa imperceptible en el aire, había trastocado hasta el más rígido sistema de prioridades, beneficios y recompensas. Alguien que hubiera llegado desde afuera hasta el lugar seguramente no habría entendido nada. O, antes de siquiera poder pensar en algo, habría sido despojado de voluntad y sumado al cuadro.

La chica, parada en el medio de la plaza, tocaba un violín que emitía un sonido imposible para su tamaño, un sonido que hacía vibrar los árboles, los postes de luz y toda estructura fija que se encontrara en los alrededores. No se adivinaba ninguna expresión en su cara, tan sólo una concentración casi absoluta, impertérrita, a la vez que su brazo derecho y sus dedos izquierdos se movían en perfecta combinación. Nunca se podrá entender a través de la ciencia qué le pasaba; posteriormente, la comunidad psicológica había llegado a la conclusión, más obligada que segura, de que se trataba de algún tipo de delirio psicótico, aunque eso responde al mandato científico de ponerle una etiqueta a todo. A medida que el tiempo pasaba, la música se volvía más y más frenética y dramática, a la vez que el arco del violín evidenciaba un notorio desgaste. Ya la imagen de la chica era más y más difusa, el efecto de la música sobre los presentes era tan intenso que nublaba la vista. No sé si era eso, o si era que la luz natural comenzaba a disminuir, o incluso cabía la posibilidad de que esta música tuviera algún efecto sobre el día y la noche, todo era tan loco que no podía descartar ninguna posibilidad.

Hasta que, con un último movimiento de su brazo, la chica tocó la última nota. Todo el teatro armado en esa plaza pareció caerse de golpe, como si el hilo que lo sostuviera se cortara de repente. Pero no sería inexacto decir que eso fue lo que pasó. Las cerdas del arco se cortaron, el violín quedó mudo, y desde el centro de la plaza se pudo ver la imagen de… un pájaro volando. Hasta hoy día nadie puede ponerse de acuerdo sobre qué pasó, pero lo cierto es que ni el violín ni el arco fueron recuperados. Quizás hayan partido para siempre con el pájaro que, en su vida previa, los había ejecutado tan magistralmente.

volin last

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Aylén
    Dic 02, 2015 @ 19:06:26

    ¡Hola Esteban! Como sé que vos también sos medio filósofo, vine para invitarte a que participes en la iniciativa que acabo de sacar 🙂 se trata sobre escribir una entrada con alguna reflexión filosófica! te dejo el link http://elmundodeaylu.blogspot.com.ar/2015/12/iniciativa-blogueros-filosoficos.html besos!

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