Violín

La muchacha se decidió. Tomó el violín y lo empuñó como se ha de hacer, según las reglas del arte: apoyando el extremo cercano al puente sobre el hombro, luego colocándolo en diagonal a la línea de sus hombros, apoyando suavemente los dedos sobre las cuerdas y tomando el arco con la otra mano. Lo había hecho tantas veces, que ya le parecía automático. Utilizando magistralmente el arco, ejecutó la primera parte del Caprice 24, de Nicoló Paganini.

Hacía años que tocaba el violín. Prácticamente, su vida había sido marcada por ese instrumento. A los siete años había visto a un artista callejero niña violintocándolo en un pasillo del subte de Buenos Aires, un hombre barbudo que sin embargo tenía una cadencia especial cuando se trataba de hacer sonar las cuatro cuerdas. Paula se enamoró instantáneamente del sonido que escuchó, de las inflexiones, de la melodía. Usando algún argumento que ella creyó incuestionable, o quizás por hartazgo, consiguió, finalmente, un violín, y la inscripción a clases en un centro de enseñanza del arte de su barrio. Luego llegaron las presentaciones en la escuela, en alguna muestra de fin de año del instituto, las Navidades y otras fiestas familiares mostrando su talentoviolin fin curso a los parientes que escuchaban atentamente, en fin, todo lo que viene como colateral de tocar un instrumento a temprana edad. Como quien
diría, los quince minutos de fama de la nena. Y, más adelante, algunos premios en exhibiciones, como si la suya fuera una vida para dedicarla al arte de combinar los sonidos.

plaza 1

No hacía demasiado calor ese día, a pesar de ser noviembre. Pero la duración de los días es otro de los indicios de que el año está en sus momentos finales, la temperatura no lo es todo. Y en esa plaza, entre las mascotas que salen a conocer la vida al aire libre (siempre he sostenido que los perros no son animales de departamento, mas no es ése un punto indiscutido entre la gente de ciudad), los deportistas de siempre y la ocasional pareja se adivinaban, entre el movimiento de las hojas al viento, algunos acordes de una música. Era algo difuso, la mayor parte de la gente no pudo identificar de dónde venía, aunque por alguna oscura razón todos se sintieron atraídos hacia ella. Era una música que uno no describiría justo como embelesadora, aunque su carácter un tanto caótico y frenético hizo que en un momento todos detuvieran lo que estaban haciendo y enfocaran sus oídos hacia el lugar desde el que venía la música.

La música iba en aumento, cada vez se escuchaba con más claridad. Mientras tanto, la gente que caminaba por las calles aledañas a la plaza se había sumado al plantel de espectadores. Un par de niños, tal vez no pudiendo soportar más el sonido, se habían echado a llorar, pero las madres, su atención absolutamente atrapada por lo que estaban escuchando, no atinaron a hacer nada, y los dejaron rumiando su dolor en violin girlsoledad. De repente, las tareas, los mandados, cualquier otra obligación, dejaba de ser una prioridad para todas las personas que ahora observaban. Algo, alguna cosa imperceptible en el aire, había trastocado hasta el más rígido sistema de prioridades, beneficios y recompensas. Alguien que hubiera llegado desde afuera hasta el lugar seguramente no habría entendido nada. O, antes de siquiera poder pensar en algo, habría sido despojado de voluntad y sumado al cuadro.

La chica, parada en el medio de la plaza, tocaba un violín que emitía un sonido imposible para su tamaño, un sonido que hacía vibrar los árboles, los postes de luz y toda estructura fija que se encontrara en los alrededores. No se adivinaba ninguna expresión en su cara, tan sólo una concentración casi absoluta, impertérrita, a la vez que su brazo derecho y sus dedos izquierdos se movían en perfecta combinación. Nunca se podrá entender a través de la ciencia qué le pasaba; posteriormente, la comunidad psicológica había llegado a la conclusión, más obligada que segura, de que se trataba de algún tipo de delirio psicótico, aunque eso responde al mandato científico de ponerle una etiqueta a todo. A medida que el tiempo pasaba, la música se volvía más y más frenética y dramática, a la vez que el arco del violín evidenciaba un notorio desgaste. Ya la imagen de la chica era más y más difusa, el efecto de la música sobre los presentes era tan intenso que nublaba la vista. No sé si era eso, o si era que la luz natural comenzaba a disminuir, o incluso cabía la posibilidad de que esta música tuviera algún efecto sobre el día y la noche, todo era tan loco que no podía descartar ninguna posibilidad.

Hasta que, con un último movimiento de su brazo, la chica tocó la última nota. Todo el teatro armado en esa plaza pareció caerse de golpe, como si el hilo que lo sostuviera se cortara de repente. Pero no sería inexacto decir que eso fue lo que pasó. Las cerdas del arco se cortaron, el violín quedó mudo, y desde el centro de la plaza se pudo ver la imagen de… un pájaro volando. Hasta hoy día nadie puede ponerse de acuerdo sobre qué pasó, pero lo cierto es que ni el violín ni el arco fueron recuperados. Quizás hayan partido para siempre con el pájaro que, en su vida previa, los había ejecutado tan magistralmente.

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Quinto piso

amanecer

Sin dejar de mirarla, la tomó de la mano. Una suave presión de los dedos de ella le confirmó que su movimiento no había sido ni inoportuno ni demasiado osado, cosa que en la época del “no significa no” y movidas similares siempre es reafirmante. En una cabeza dividida entre el alivio por haber sido correspondido y la ansiedad de no saber qué hacer después (toda conquista abre un mundo de posibles resultados, al que ningún hombre, por más curtido que esté, reacciona con tranquilidad), no cabía ninguna otra emoción.

Uno nunca sabe el tipo de cosa que lo va a llevar a encontrarse con esa persona especial, con esa persona a la que va a ver y no va a sentir lo mismo que al ver a cualquier otra, al jefe, al conductor del colectivo, al diariero. Mejor dejarle ese tipo de cosas a los que estudian la vasta e insondable teoría de las probabilidades, que bien saben cómo hacerlo. Y él, que la había soñado tantas veces, que la había visto pasar tantas veces adelante suyo, porque resultaban compartir piso en su edificio, sin que jamás pasara por su cabeza la posibilidad de decirle siquiera hola. En su cabeza, por supuesto, él tenía armada una infinidad de posibles conversaciones que podrían llegar a darse, cada una de ellas con las derivaciones posibles. Por uno u otro motivo, nunca llegaron a darse, ni en los palieres del edificio, ni menos en el ascensor. Y ella quizás intuía algo, no por nada uno se cruza muchas veces con la misma persona, en algunas cosas el azar, simplemente, no cumple sus propias leyes.

El chico se inclinó. Dos bocas se juntaban, y un poco más abajo dos corazones daban saltos espectaculares en una imaginaria carrera hacia una meta que Dios sabe qué tan lejos estaba. Una lengua intentaba trascender sus fronteras naturales, a lo que la otra contestaba tratando de hacer lo mismo, en una intensa y dulce batalla. Un beso con un dejo de sabor a menta y una gran dosis de telones caídos, de distancia desaparecida, de inoportunidad, por qué justo hoy que me encuentro a este chico que sabe tanto de computación se le va a ocurrir a mi fiel y leal HP haberse tomado un día de descanso y permanecer con la pantalla negra pese a tantos intentos al botón de encendido. Recorridos de las manos por la espalda, en circuitos laberínticos que sólo una cabeza (¿cabeza de enamorado?) puede inventar, y que van a terminar casi siempre yendo hacia el sur, hacia ese lugar en que las manos forzosamente deben separarse, pero esperando alcanzar, cada una, algo mejor.

Sus manos volvieron a unirse. Las mismas del principio, y a ellas se les unieron pronto los pies en riguroso unísono. Segundos más tarde, la ropa caía sobre el parquet del piso. La conclusión natural de todo, lo que acaso fuera muy esperable, estaba ocurriendo en ese mismo momento, como si los engranajes del universo hubieran estado coordinados para que pasara lo que siempre se espera pero que uno nunca está seguro de querer que pase, hasta que termina realizándose. Allí, en ese cuarto de un quinto piso de un edificio equis de la ciudad, había ocurrido. Algo de él había quedado en ella para siempre. Ya no era más una niña, ahora era mujer.

Alena

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Alena abre los ojos. No hay demasiada luz, tan sólo una luz colorada que llega del pasillo a través de la puerta entrecerrada. El cuarto no tiene ventanas, aunque ella tiene la casi certeza de que aún es de noche. Ni siquiera sabe cuántas horas ha podido dormir, porque no cuenta con reloj. Al lado de su cama, sobre una mesa de luz se agolpan un velador, una caja con distintos geles y fragancias y efectos personales de Alena.

No sabe cuánto tiempo lleva en este lugar, aunque su vida transcurre casi exclusivamente ahí. Desde que llegó de Hungría, junto con otras diez chicas como ella, escapando de la guerra, de la persecución y de la pobreza, ha estado allí. Con gran pena sus padres la despidieron, deseándole suerte y diciéndole que en cuanto puedan la van a ir a visitar. Ella desea que no lo hagan. En una atestada estación de trenes no recuerda dónde, un hombre le habló de un trabajo en la ciudad, bien remunerado, vas a poder hacerte un futuro en un país estable, y demás yerbas. Peor luego subió a una camioneta con vidrios oscuros, y apareció en una oficina algo precaria. Con pretextos de registración y otros requisitos formales entregó sus documentos. Nunca más los volvió a ver, al igual que a sus compañeras de viaje, de las que nunca supo su suerte.

La puerta del cuarto se abre, una persona entra. Alena enciende la luz del velador. Es un hombre de unos cuarenta años, porte de ejecutivo de empresa, pantalón de vestir, camisa. Lo mira a los ojos, los descubre vacíos. ¿Qué llevará a la gente a solicitar putas?, se pregunta Alena mientras se imagina el entorno del hombre. Lo imagina abrumado por el trabajo, con una esposa e hijos que en la casa lo esperan con ansias, para siempre encontrarlo indispuesto. ¿Sabrá su familia lo que está haciendo? Seguramente, no. Todas estas preguntas Alena aprendió a hacérselas a medida que pasó el tiempo, siempre le resultaron a ella un escape a la rutina y, de paso, una suerte de fuente de imaginación, algo que no suele abundar en un cuarto de cuatro paredes con luz roja. Porque la verdad es que Alena sale poco del lugar. Sólo algunos días, y siempre debe volver de noche.

El hombre avanza hacia ella. Cruzan algunas palabras y luego pasan a la acción, a lo que ella ha hecho por tantos años. Ella le saca el pantalón, luego la ropa interior. Y le practica sexo oral al hombre, que, tirado en la cama, con la cabeza para atrás, de a ratos atina a guiar con la mano, en un rítmico movimiento, la cabeza de la muchacha, como exigiéndole que siga. Ella se presta al juego, con la maestría de siempre, porque si hay algo que ella sabe hacer, son justamente estos juegos. A lo largo del tiempo Alena ha perdido el pudor, a fuerza de hacerlo con más y más ejecutivos, hombres adinerados, maridos y novios tramposos, todos con un denominador común: llegan, hacen lo suyo, y se van. Para ellos, Alena será sólo un vehículo de derrame de sus pasiones más bajas y de sus líquidos.

Alena se levanta. El hombre sale de su limbo y ahora la acuesta. Se nota que sabe tratar a una mujer, que no es un novato. No siempre ella tuvo esa suerte, a veces le tocaron (valga el doble sentido) verdaderos animales. Con sus ásperas manos, recorre todo el cuerpo de la chica, arrastrando con ellas la ropa. La blusa le deja paso al corpiño, y éste a su vez descubre la visión de dos redondísimos senos, herencia de su origen étnico, y que han recorrido tantas manos que ha perdido la cuenta. A su turno, cae la pollera. Y, por último, recorriendo cada centímetro de sus largas piernas, el hombre le baja la bombacha. Luego de un beso, muerde su oreja. A pesar de su oficio, Alena aún no ha perdido algunas sensaciones; se viene encima del hombre, que a estas alturas está cada vez más duro y atontado por lo que en esos momentos pasa por su ser.

De pronto, las caricias cada vez más cerca del tesoro dorado, los jadeos de él que se intensifican, dos cuerpos en total estado de excitación, fuera de sí. Y luego, como en un cuadro, la imagen de ella arriba de él, algo que entra y que sale, el cuchillo que se eleva y desciende, los gritos de él que suenan, definitivamente desgarradores. Ahora Alena no es esa dulce chica que con tanta maestría había embelesado al cliente anónimo. Entran los encargados del burdel, alertados por el sonido de los gritos. Los hombres, todos de riguroso negro, rodean a Alena, que aún sostiene el cuchillo ensangrentado. Entre los últimos gemidos del malogrado cliente, algo es seguro: nunca más un hombre volverá a poner una mano encima de ella.

Encuentros casuales

leer parqueLucía sale a caminar por la plaza una tarde, típica tarde de sábado, luego de haber almorzado y dormido la siesta. Ve un banco, se sienta y comienza a leer su ejemplar de Por quién doblan las campanas, ella, tan adepta a la literatura inglesa. Tanto, tanto, que el libro que leía estaba escrito en inglés. Varias horas más tarde, cuando la ya escasa luz del día le dificulta la lectura, coloca el señalador en la página, cierra el libro y se dispone a volver.

Allá por la salida del parque (por alguna extraña razón, en Buenos Aires, los parques están enrejados), un chico de cara redonda y ojos azules entrando al parque. Lucía lo mira para no chocarse con él, ya que la entrada, debido a arreglos en la vereda, está reducida. De repente, De pronto, ¡mariposas en la panza! Él también la estaba mirando. Lo logra esquivar con lo justo, sale a la calle y llega a la casa, donde –quizás- planifique la noche, quizás mire una película, como hace todos los sábados.

Dos días más tarde, ya lunes, Lucía en el colectivo, de ida al trabajo. Un chico de cara redonda y ojos azules se sube, en la parada siguiente a la que ella se subió. Tres con veinticinco, le dice al chofer, luego de saludarlo, cortesía que éste no devuelve, tan absorto que está en el tránsito de la mañana. El chico se para al lado del asiento donde está Lucía. Se libera el asiento al lado de ella y el chico, cortésmente, le pide acceso a él. Cruzan unas palabras, más que nada porque Lucía lleva un colgante de piedras verdes. La madre del chico resulta tener uno igual. La charla le sirve a Lucía, al menos, para pasar el tiempo del viaje, que de a ratos se vuelve tedioso por el tráfico. Ambos se bajan en distintas paradas, en el centro.

Jueves. Fila en la verdulería, Lucía está última en la cola. Llega al comercio un chico de cara redonda y ojos azules. Se pone último, como debe ser. La caída de una naranja de la pila que está al lado de ambos sirve de disparador para que surja la charla. Que si sos del barrio, que me crucé alguien igual a vos el otro día, que las manzanas están por las nubes debido a la ola de frío, que tengo que llevar acelga para la tarta, que es muy nutritiva, amo la tarta de acelga, con un par de huevos queda espectacular, y otras confesiones culinarias.

La atienden a Lucía. Lleva las plantas de acelga mencionadas, además de algunas frutas. Cuando sale del local, con alguna excusa de ocasión se queda afuera. Atienden al chico, que lleva un variopinto de frutas y verduras. Compras de la semana, que le dicen. Sale. Ve a Lucía como esperándolo afuera, porque quién va a creerse su excusa, nadie sale de un local y se queda afuera de él. Juntos van hasta el edificio de ella, que resulta estar a media cuadra del de él. En el viaje, risas, charlas sin sentido, miradas cómplices, las mismas mariposas en el estómago que había sentido en el parque. Visiblemente emocionada, Lucía abre la puerta de su edificio y sube hasta su departamento. Le toma varios minutos calmarse.

Una idea parece afirmarse en la cabeza de Lucía. Repasa. El chico del parque no tenía la cara taaaan redonda. No, no puede ser el. Pero si tenía los mismos ojos que éste… Y además era de la misma estatura, ella lo tenía que mirar ligeramente hacia arriba. La altura perfecta para caminar abrazados, piensa. Las imágenes se suceden en la cabeza de Lucía, como una gran telaraña de posibilidades, un gran árbol de probabilidades que se ramifica más y más, pero que en su raíz tiene… al chico del parque. Entre esa maraña de rosas, finalmente, Lucía concilia el sueño.

Ha llegado el domingo. Lucía y el chico de ojos azules y cara redonda van al parque. Ahora Lucía no lleva libros, pero en cambio lleva con ella la emoción de un primer encuentro. Entra al parque, ve a su chico que (tal como habían quedado) lleva un pulóver verde y un par de jeans celestes. Los diez metros que los separan son los diez metros más difíciles de recorrer que jamás ha enfrentado Lucía. Él la mira. Ella tiene la mirada en el pasto, en un árbol, en un pájaro que emprende vuelo, pero no en él. Hasta que es inevitable, lo tiene que mirar para saber adónde está. Su corazón late con tanta fuerza que ella cree tener dentro de su pecho una persona tocando el bombo. Cuando se encuentran, Lucía esquiva el desmayo por milímetros.

Charlan animadamente por un buen rato, con la compañía de un mate que cambia rítmicamente de manos, hasta que se acaba el agua. Luego todo sucede. Lucía lo ve al chico cada vez más cerca, tanto que puede observar sus pestañas y distinguirlas una de otra. El dique que contiene las emociones de Lucía se rompe con un pavoroso estallido, y ahí están los dos, libres y en las nubes…

Finalmente, Lucía y el chico salen del parque, los dedos entrelazados, el paso cadencioso, la levedad de saber que nada de lo que pasa alrededor forma parte de su mundo. Afuera, los autos se agolpan en la avenida, los conductores, entre hastiados y furiosos hacen tocar la bocina o simplemente lanzan imprecaciones. pareja parquePero Lucía y el chico de ojos azules y cara redonda no necesitan tocar bocina, ni insultar al aire. Viajan en una nube. Yo los veo alejarse por la vereda, recorriendo un camino en el que no vale correr. Y pienso en que, al fin y al cabo, todos los árboles alguna vez fueron una pequeña semilla.

Días de sol

Recuerdo perfectamente el día en que empezó todo. En realidad, yo ya venía entreteniendo en la cabeza la idea de “y mirá si justo ahora…”. La idea de ir a pasar quince días en la playa era alentadora, más sabiendo que en la primera parte de enero todos mis amigos se iban de vacaciones, con lo cual los que quedábamos en la ciudad tratábamos, como podíamos, de sobrellevar ese tiempo en medio del calor, la parafernalia urbana (aunque disminuida por el éxodo vacacional, la ciudad no deja de ser una mole de cemento que se te viene encima) y la sensación de no haber escapado del todo de la rutina. Verdadero, no se estudia. Verdadero, no hay horarios que cumplir. Pero, aún así, el aire libre siempre libera, valga la redundancia.

Del momento en que me la encontré, no me acuerdo demasiado, en verdad. Fue en una casa de discos, donde yo había ido para comprarme un CD de una banda que acababa de conocer. Dentro de la disquería, un anaquel en el medio, dividido por su parte central, con cassettes a un lado y tapas de películas al otro. En las paredes de los dos lados, discos de distintos géneros y épocas. Luego de entrar, me quedé un rato mirando lo que había, simplemente por curiosidad. Pero resulta que no estaba solo en mi empeño, cosa que me di cuenta cuando escuché una voz femenina detrás de mí que me preguntaba “¿Éste es el sector de la música nacional?”. No me sorprendió la pregunta, ya que no había indicaciones en el anaquel. Me di vuelta para ver quién preguntaba, y vi una chica de pelo muy negro, más o menos de mi altura y que tenía un aspecto algo aniñado; claramente, por la cara, tendría algunos años menos que yo. Nunca me propuse recordar su cara, ya que en esta ciudad está lleno de gente. Me voy a olvidar seguro y, además, ¿para qué me sirve recordarla, si seguramente no me la voy a cruzar de nuevo? A pesar de ello, una sensación algo rara ya había invadido mi espíritu. Encontré mi CD y me fui, tras pagarlo.

Los primeros días parecieron confirmar mi pensamiento. No me la encontré ni el día siguiente, ni el otro, ni el otro tampoco. Es más, me terminé por olvidar de ella, porque después de todo había sido sólo una chica que me había hecho una pregunta en un negocio equis de la ciudad. En realidad, tampoco necesitaba nada. Porque entre la playa, el mar (había descubierto el verano anterior un pasatiempo muy divertido, que consistía en arrojarse sobre las olas en posición horizontal, bien derecho, intentando nadar y que la misma ola lo llevara a uno, muy como el surf pero en este caso uno sería la tabla) y alguna que otra actividad, se iba el día. ¿No había dicho antes que el objetivo de todo esto era liberarse, hacer exactamente lo contrario de lo que se hace todo el resto del año? Bueno, en este momento la vida estaba siendo exactamente eso. Las caídas de sol mirando el mar, eternamente, sin que el giro de las agujas del reloj importara en lo más mínimo. Lo único que marcaba el paso del tiempo era lo que a los antiguos se lo había marcado: el sol.

playa

Una tarde, mientras estaba en mi usual observación de cómo la gente se iba de la playa, vi gente que no se iba. Fui a mojarme los pies al mar, como para matar la inactividad de estar sentado, y mientras miraba hacia la playa para emprender la vuelta, mi vista se topó con alguien que me sonaba. Era una chica indudablemente adolescente, de contextura mediana. Al volver, me desvié sólo un poco como para pasar más cerca de ella. Y la pude ver. Si bien no era lo que se conoce habitualmente como escultural, tenía algo en ella que era llamativo. Tenía pelo negro, algo rizado, que le caía por atrás de los hombros dándole una forma estilizada a su cara. Dos ojos negros como la noche en luna nueva y dos finos labios completaban una cara que, si dicha parte del cuerpo fuera más observada a la hora de buscar pareja, sin duda habría hecho de esta chica una presa muy buscada. Yo, obviamente, me quedé mirándola, y grande fue mi sorpresa cuando ella hizo lo mismo. Mientras caminaba hacia ella, una mezcla de sensaciones se apoderó de mí. Hasta que un rayo se cruzó por mi cabeza: ¿ésta no era la de la disquería? Y…podía ser. Ahí fue cuando una idea empezó a tomar lugar, y los cabos de alguna manera empezaron a quedar  atados. Y quedaron totalmente atados luego de unos segundos. Casi sin convencimiento, le pregunté para dónde quedaba la calle 105, cosa que yo sabía perfectamente: siguiendo de largo y encarando hacia la derecha. Ella, sin embargo, me respondió amablemente, y luego me preguntó si había encontrado mi disco. Entonces me quedó claro que era la de la disquería. Nos quedamos charlando unos cuantos minutos más, hasta que ambos nos tuvimos que ir, porque caía la noche.

Al otro día, nos volvimos a ver en la playa. De la charla del día anterior, habíamos quedado en encontrarnos en un lugar cercano al que nos habíamos visto esa vez. Nos contamos, a grandes rasgos, nuestras vidas, el tipo de cosa que hace una pareja cuando recién se conoce. Ella venía del interior, de Villegas, y aún le faltaban algunos años de colegio; era hija única, así que sin duda el hecho de pasar los días conmigo le iba a parecer positivo. Ese día le enseñé mi juego de nadar sobre las olas y dejarme arrastrar por ellas. A ella parecía interesarle, así que me pasé varios minutos exhibiendo, orgulloso, las habilidades adquiridas en los primeros días de ese verano. Ella al final, a pesar de que era reservada con respecto a meterse en el mar, se terminó metiendo, y a mí me tocó hacer las veces de profesor de mi arte marítimo. A la tarde, antes de que terminara de caer el sol, nos fuimos a caminar por la playa, hacia el lado del muelle, aunque sin llegar a él, mientras observábamos cómo la gente se iba a sus casas. Había otras varias parejas haciendo lo mismo, y era entendible: había sido un día totalmente soleado, y el paisaje era propicio para caminar en la playa. Luego de esto, nos despedimos y volvimos cada uno a su casa, antes de que cualquiera de las dos familias pudiera preocuparse.

Los días fueron pasando, entre la playa, el mar y alguna que otra salida al centro de la ciudad. Varias veces tomamos licuados en algún local de la playa, de esos en los que atienden los jóvenes más cool, las chicas invariablemente en bikini y los chicos en cueros, en todos los casos con un bronceado que denuncia haberse puesto a tomar sol algunos meses antes del verano. Logramos encontrar un bar que hacía buenos licuados y a buen precio, así que en un momento empezamos a encontrarnos siempre ahí. Ella se hizo rápidamente hábil en el arte de surfear las olas con el cuerpo; también tenía paletas y una pelota, y jugábamos interminables partidos al borde del mar, partidos que invariablemente terminaban con los dos en el mar, sumergidos entre una serie de abrazos, salpicones, chistes, coqueteo. A veces, también, pasábamos parte de la tarde en la casa que alquilaba la familia de ella, que tenía jardín. Así fue que me mostró los dibujos que hacía. Eran admirables; yo creo que si se lo tomaba en serio, podía llegar a sacar un libro con ellos, o promocionarlos de alguna manera, en alguna feria de arte, o similar. Tomando la iniciativa, ella me indicó que me sentara en una silla y me quede quieto; luego procedió a tomar una hoja de papel y sus lápices de colores, y en menos de diez minutos hizo un retrato mío. ¿Qué diferencia había entre ese retrato y una foto mía? Ninguna. Obviamente, me guardé el retrato en el bolsillo y cuando llegué a casa me quedé mirándolo durante un buen rato.

Una tarde, en la que estábamos en la playa, el momento nos encontró caminando al costado del mar. Casi casualmente (aunque era a propósito), hice chocar mi mano con la de ella. Esto la hizo detener en seco y pararse adelante mío. La miré brevemente: estaba sonriendo. Mis ojos se encontraron con los de ella, yplaya beso ahí pude percibir lo que ella estaba pensando, era demasiado claro, como que me dio pie para continuar. Ya le podía ver las pestañas, los ojos negros que se hacían algo amarronados por el reflejo del sol, sentía su respiración… Luego de algo menos de un minuto, el mejor minuto de todos los que tuviera memoria, nos separamos. Nos quedamos unos minutos más abrazados, nos sentamos a ver la caída del sol, dejando que el tiempo corriera, nada nos iba a robar ese momento.

Esa noche yo volví a casa con un aire de triunfalismo muy grande. No era para menos, acababa de concretar lo que yo sentía por la chica que había conocido. Me resultó muy difícil dominar mi excitación en la cena, aunque por suerte nadie preguntó la razón de tal estado. Esa noche fuimos, luego de cenar, a tomar helado a una heladería de la principal, y yo al ver pasar parejas, sentí una sensación de igualdad con ellos, como que estaba en el mismo barco. Me fui a dormir pensando una variedad de cosas, pero sobre todo en ella, la chica de la disquería.

Al otro día, me levanté contento. Desayuné leyendo el diario, ayudé a levantar la mesa del desayuno, algo que no hacía seguido, y me ofrecí a llevar las cosas más pesadas a la playa. Sin embargo, no me encontré con ella. Estará por llegar, pensé. No apareció en el resto del día, y a mí me resultó raro, pero comprensible, ya que incluso yo pensaba que, a veces, ir a la playa estaba de más, si yo incluso ya había pasado alguna tarde con ella en su casa, bajo la idea de que la playa no es lo único que tiene esta ciudad. Durante el día, no le di demasiada importancia al hecho, quizás ella quiera estar con la familia. Pero, cuando iba llegando la noche, un sentimiento lejano de incomodidad fue ganando mi ser. Esa noche me costó dormirme, me puse a ver un partido de fútbol que estaban dando por la tele para distraerme, y luego, tras dar varias vueltas en la cama, me terminó venciendo el sueño.

soledad

A esta altura, me quedaban cuatro días antes de que me tocara volver a casa, a la ciudad. Pero se me hacían eternos. Quince días en la costa debe ser una eternidad, los últimos días no se disfrutan tanto. Uno queda con la sensación de que ya lo mejor pasó y, cuando las actividades se vuelven rutinarias, la sensación de hastío es, por momentos, insoportable. ¿Y de la chica? Ni noticias. Nuestro último momento juntos había sido aquel beso en la playa, y después, ¿qué? Que yo supiera, ella no se iba al día siguiente, ni nada. Me quedaba aún el retrato que ella me había hecho en la casa, y por las noches me quedaba mirándolo durante varios minutos, pensando en vaya a saber uno qué, así de revolucionada estaba mi cabeza. La chica no apareció más en la playa, ni en ningún otro lado. Mi estado de ánimo en esos últimos días se parecía más al de una persona en un velorio que al de alguien que está de vacaciones en la costa. ¿Cómo era posible que, después de las cosas que habíamos vivido, ella no apareciera? Y todo había sido muy sorpresivo, porque hasta el día del beso habíamos estado muy cercanos, y después…la nada misma. No le encontraba explicación. Y, de a ratos, la soledad se sentía como una insoportable lentitud del tiempo. Los días que quedaron fueron larguísimos.

Y llegó el día de volver. Empacamos y nos subimos al auto, encarando la ruta de regreso. El viaje transcurrió sin contratiempos, hasta que llegamos a casa. Desarmé mi valija rápido (yo siempre soy muy veloz para desarmar valijas luego de un viaje) y guardé todo en su lugar. No fue sino hasta varias horas más tarde que me acordé del retrato que mi chica de la playa me había hecho. Y no lo tenía. Había quedado en el armario donde guardaba mis cosas, en el departamento que alquilábamos. Por un momento me puse a pensar qué pensaría el dueño cuando se lo encontrara. ¿Llamaría a mi papá para avisarle? Improbable. Y era mejor que así fuera. Lo mío con la chica quedó allá, y allá se quedó el retrato. Cuando las cosas deben finalizar, deben finalizar, de alguna manera te vas a dar cuenta. No vale la pena estirarlo. Mejor quedarse con un lindo recuerdo de algo que fue breve, que quedarse con un mal recuerdo de algo duradero.

Historia de tren

Y había que esperar hasta el final. No quedaba otra. La rutina de llegar a la estación, parar, que unos se bajen, otros se suban, la ocasional escaramuza en la puerta entre los que quieren subir ya y los que quieren bajar ya, cada dos o tres estaciones un vendedor que se sube y desgrana su discurso como si fuera poesía, es algo que uno debe soportar si quiere moverse en tren.

tren 1Y así estaba la cosa un domingo a la tarde. El chico de campera verde se había subido al inicio del recorrido, por lo cual tenía su asiento asegurado. Había tenido casi todo el tren a su disposición, ya que en la primera estación no se sube demasiada gente. Más se suben en el medio del recorrido, en zonas pobladas. El tren se movía, monótonamente, por las vías, mientras en él se desarrollaba la vida. Cada vagón tiene cuatro filas de asientos, que son en verdad dos filas dobles; la de la izquierda mira hacia adelante, la de la derecha mira hacia atrás (suponiendo que se mira el tren en el sentido de marcha). Al lado del de campera verde, un señor con aspecto de kiosquero escuchaba música. En el par de asientos de adelante, una pareja con su hijito volvía a casa; el nene se entretenía con un juego de trenes en su tableta, los padres charlaban de vaya uno a saber qué. En las filas de la derecha, una señora con una bolsa grande de consorcio, llena, luego un par de personas absortas en su música, otro leyendo el diario, dos hermanos sentados bajo la atenta mirada de los padres desde la fila de atrás. En todos los vagones, la historia debía ser la misma.

El de campera verde leía despreocupadamente, como para que pase el viaje, cuando decidió hacer un alto en su lectura. Quizás para descansar la vista, quizás para fijar las ideas del libro. Echó una mirada al vagón. Pese a que en todas las estaciones bajaba y subía una cantidad considerable de gente, con lo que el pasaje se renovaba en gran parte, nunca faltaban los clásicos personajes antes descriptos. Los domingos, se sabe, la gente sale de la ciudad hacia destinos más amigables con la vida no-laboral, y cuando el día está por llegar a su fin, corre la misma suerte su estadía en esos lugares. Mucha de esa gente son familias, así que no es extraño ver parejas con niños pequeños (y no tanto) en el tren, en ese momento.

Lo que sí es extraño, es cruzarse miradas con otra persona del tren. No suele suceder, nadie suele darle importancia. Todos en la suya. Menos el de verde, que en una de esas levantadas de vista que pegó para cortar el momento, se encontró con un par de ojos negros que miraban en su dirección. No le dio importancia. Su dueña estaría mirando por la ventana, con la misma intención que él. Se dio un segundo para observar su rostro, la manera en que iba vestida. No parecía ser de clase alta, es más, era una típica chica de ciudad, una de las tantas que uno podría cruzarse por la calle. Tenía el pelo negro, algo enrulado, y dos ojos negros que, pese al color, no daban la sensación de frialdad, sino más bien de ser penetrantes.

La chica volvió a lo suyo, y el viaje siguió. Pero unos minutos más tarde, ella volvió a mirar hacia donde estaba el de verde. El de verde, a su vez, volvió a levantar la vista, y la vio a ella. Esta vez, sin embargo, no pasó que los dos volvieron a la suya. Ni ahí. Se quedaron uno, dos, tres, diez segundos mirándose, estudiándose, imaginándose quizás las cosas que tenían para decirse…

Y ella tenía mucho que decir. Separada de su familia desde hacía unos años, debido a la necesidad de estudiar en la capital, su diversión fuera del estudio consistía en pasar momentos con amigos y amigas conseguidos en sus años de estudio. Pero si bien había logrado evitar la soledad, que es muy factible en alguien que está lejos de su tierra, su necesidad de afecto aún no estaba satisfecha. Faltaba algo. Algo que nunca ella había buscado realmente, pero que en este momento golpeaba a su puerta con cierta insistencia.

El, por su parte, tenía lo suyo. Trabajador habituado a las largas jornadas de trabajo, su vida transcurría más o menos por los mismos carriles que la de la chica del tren. Sólo que, en este caso, él era de la ciudad, y no estaba lejos de sus familiares ni de sus amigos de toda la vida. Tiempo atrás, había tenido alguna experiencia en el amor, pero no había durado demasiado. Su trabajo, su forma de vida, simplemente se lo impedía.

Las cosas que deseamos, se toman cuando tenemos la oportunidad. Por eso, ni el de verde ni la chica aflojaron la mirada. Se siguieron observando, fascinados, como dos hinchas de fútbol en el momento en que un jugador de su equipo está por patear un penal. Una imperiosa necesidad de ir al encuentro de ella tomó por asalto la cabeza del hombre de la campera verde. Sentía necesidad de levantarse de su asiento, pararse al lado del de ella, conocerla, explorar los rincones de su mente… Pero la distancia de cuatro asientos, por el momento, lo impedía.

Por fin se liberó el asiento al costado del chico. Y sorpresivamente, la chica, por alguna razón, ¡decidió moverse hacia el asiento que acababa de desocuparse! Y así fue como empezaron a hablar. Ella sacó de su mochila un paquete de galletitas dulces, y las compartieron. Se contaron sus vidas. Así, el de verde se enteró de que la chica era del interior, de que estaba en la capital por estudio, de que vivía sola en un monoambiente del centro de la ciudad, y de algunas otras confidencias. Su familia vivía en un pueblo mediano del interior del país, y su fuente de ingresos era el comercio de granos, actividad que, como es sabido, depende mucho de factores climáticos y económicos nunca en manos del productor. Ella era la única de tres hermanos que había mostrado voluntad de abandonar el negocio familiar y buscar nuevas ocupaciones, y en su pueblo no tenía, naturalmente, la posibilidad de hacer mucho más. Por eso se había ido. Él, en cambio, había vivido siempre en la ciudad, o sus alrededores. Su vida no había sido en nada como la de la chica. También era estudiante universitario, aunque se dedicaba más al trabajo que al estudio porque estaba convencido de que el lugar donde las cosas se aprenden mejor, es en el trabajo.

Ciertamente, la conversación fue ganando en entusiasmo y volviéndose más interesante a medida que pasaba el tiempo y más se conocían. Pero nada es eterno, desgraciadamente. Y en un momento, el viaje tenía que terminar, y más temprano que tarde llegó la hora de bajar del tren. A él le tocó bajar primero; su estación quedaba más atrás que la de ella. El momento de la despedida fue efímero: no duró más que un par de segundos, ya que el momento de la bajada había llegado muy de repente, tan absorbido que estaba el chico en la charla. Así es que él se levantó del asiento y, cuando el tren frenó en la estación, se bajó. Ella se quedó en su lugar, y el tren partió hacia la siguiente estación.tren partida

Al otro día, la vida retomó su ritmo habitual. Típico lunes: gente en la calle sin ganas de estar allí, el trabajo de siempre, cortar maderas según las medidas que le habían encomendado, atornillar otras para darle forma a muebles que vaya a saber quién había pedido, y que quizás adornarían casas más lujosas que la suya y donde seguramente había algo que ni él ni la chica del tren del día anterior habían experimentado en su totalidad. A veces la vida te lleva a eso: querés algo, pero no lo tenés, y trabajás para gente que sí lo tiene. Menuda situación: ¿por qué uno no puede estar como ellos?

A las seis en punto de la tarde, el chico apagó la máquina que estaba usando, colgó la ropa de trabajo y salió raudo de la fábrica de muebles. En el viaje de vuelta en colectivo, algo empezó a despertarse en su cabeza. Tal vez fue porque la situación era casi idéntica a la del día anterior en tren, o tal vez fuera otra cosa, pero ¿por qué se estaba acordando tanto de ese viaje? No le dio importancia y siguió, hasta que llegó a su casa. Lo mismo se repitió el resto de los días de la semana, cada vez con mayor intensidad. Es que muchas veces, cuando algo es raro que ocurra en nuestra vida, y se da una situación que linda con eso que nosotros no conocemos tan de cerca, lo sentimos como la gran oportunidad. La situación fue en aumento… En el viaje de vuelta a casa del viernes, ya la cosa era insoportable. De pronto, el chico quería volver al tren, tomarse el primero que llegara, ir rebotando entre cabecera y cabecera. Todo para ver si encontraba de nuevo a aquella chica con la que había pasado hablando el viaje del domingo. Sentía unas ganas imperiosas de volver a hablar con ella, a conocerse, a sentir esas hormigas en la panza que había sentido aquella vez, al encontrársela por primera vez. Quizás soñara un futuro juntos…pero a esta altura era imposible saberlo. Necesitaba volver a verla. Sin embargo, al principio no le quiso dar demasiadas vueltas: “Sólo será un sentimiento pasajero”, se decía, más para consolarse, porque parte de su ser consideraba, en efecto, lo contrario. El problema era que no tenía cómo encontrarla. Sólo se la había cruzado en el tren, aquella vez, en ese viaje. Y, además, no era un recorrido que él hiciera a menudo. Era algo que había hecho una sola vez, para visitar a un amigo, y seguramente no volvería a ir para ese lado en muchos meses. No había demasiada esperanza.

Pasaron los días, luego las semanas y los meses. El chico, pese a las evidencias, no se convenció nunca de que no iba a encontrar a su chica. Eventualmente halló otra, con al cual tuvo un noviazgo más o menos largo, y luego hubo alguna otra. Nada, sin embargo, pudo reemplazar a la del tren. En el medio, cambió de empleo: aprovechando la experiencia ganada en su trabajo en la fábrica de muebles, se las ingenió para poner una propia. Mal no le fue: pese a que sólo tenía el local original, en su barrio, lograba ganar suficiente dinero como para vivir, él y su pareja, que fue al fin de cuentas su segunda novia. Mucho más no se sabe de la vida del chico, sólo que unas cuantas veces se fue a la estación terminal de trenes, munido con golosinas y comestibles diversos unas veces, otras con elementos de librería, otras con linternas y aparatos similares, “que en la casa no pueden faltar, ante un corte de luz, ¿con qué se iluminará, señor? Cinco mil horas de duración de carga, veinte LEDs, en un comercio lo abonará cien pesos, hoy se la lleva por treinta”. Quizás esperó, en alguno de todos los viajes en tren que hizo (sé de buena fuente que no le fue mal vendiendo), encontrarse con aquella chica, de aquel viaje de domingo, de vuelta a la gran ciudad.