Matemáticos poetas

James_Clerk_Maxwell

¿Qué tienen que ver Las Soledades con el teorema de Pitágoras? Posiblemente muy poco. A nadie se le ocurriría relacionar la poesía con la matemática, es una asociación que a la mayoría de nosotros nos parece inconcebible que alguien que se dedica a los fríos números y las ecuaciones, inentendibles para una gran parte de la población (históricamente, matemática fue la materia más problemática del colegio), pueda tener el talento artístico que se necesita para escribir versos placenteros de leer.

Pero la historia nos muestra que, contra lo esperable, existieron matemáticos que escribieron poemas. Muchos lo hicieron al final de sus carreras, aunque varios escribieron en pleno auge de su popularidad en el mundo matemático.

Quizás el ejemplo más conocido sea el del autor de Alicia en el país de las maravillas. Aunque la obra mencionada no sea del género poético, ha trascendido varias generaciones para instalarse como uno de los cuentos infantiles que más veces las madres han dado a leer a sus hijos. El autor, Lewis Carroll, era, además de escritor, matemático. No fue una de las más grandes luminarias de un período en el que, haciendo justicia, trabajaron algunos de los más grandes matemáticos de la historia reciente, pero, de todos modos, sus aportes a la ciencia fueron más que importantes.

Claro, uno puede pensar, hacer una carrera en las Ciencias Exactas no necesita estar reñido con la literatura, sobre todo si uno piensa que Carroll se dedicó a la prosa, que es –en general- menos artísticamente adornada que la poesía. Pensemos que Carroll, de alguna manera, tenía que comunicar los conocimientos que lograba al resto de la comunidad matemática, y esto casi siempre se logra a través de papers escritos. Por lo que no podemos presuponer que estos científicos sean negados para la pluma.

Pero, en cambio, hubo otros matemáticos que sí escribieron poemas. Por ejemplo, uno de los más grandes matemáticos y físicos del siglo XIX, el escocés James Clerk Maxwell, conocido sobre todo por su trabajo unificador de la electricidad y el magnetismo (para aclarar, esto es, en Física, un logro excepcional, sin el cual hoy no tendríamos luz eléctrica, con todo lo que eso significa), se las arregló para escribir unos cuantos poemas. El siguiente es uno de ellos (está obviamente en inglés, y me resisto firmemente a traducir poesía), y habla sobre “dar clases de matemática en el mes de noviembre”:

In the sad November time,

When the leaf has left the lime,

And the Cam, with sludge and slime,

Plasters his ugly channel,

While, with sober step and slow,

Round about the marshes low,

Stiffening students stumping go

Shivering through their flannel.

Maxwell, está claro, no sólo descubrió lo dicho acerca de la electricidad y el magnetismo, sino que además ahondó en la teoría de gases, en el análisis de los colores, en la termodinámica, etc. En fin. Un genio. Al que, por lo que vemos, le sobraba tiempo como para ponerse a escribir.

También otro matemático muy famoso en su época, Augustin-Louis Cauchy, compuso algunos poemas. De ellos el que más se destaca es uno que le escribió a su futura esposa:

Te amaré, mi tierna amiga

hasta el final de mis días

y como hay otra vida

tu Louis siempre te amará.

Claro está, una cosa son estos poemas, y otra cosa son los de autores consagrados. Ni Maxwell ni Cauchy ni ninguno de sus colegas son Rubén Darío. Quizás sus poemas son algo acartonados. Pero, que le pusieron esfuerzo, no podemos negarlo, y que los matemáticos en ocasiones pueden expresarse es más que verdadero.

alicia pais maravillas

En el caso de Maxwell, hay que decir que en su más tierna infancia recibió una educación más artística que matemática. A los diez años, según datos biográficos, el niño James podía recitar de memoria poemas completos y ubicar por orden versos que le decían. En el colegio, Maxwell ganó premios por sus composiciones poéticas. Así que no era tan negado, al final. Pero más tarde, a la muerte de su madre, el que tomó las riendas de la educación fue el padre, que lo hizo estudiar matemática, y el resto es historia. Y Lewis Carroll, un ávido lector en su infancia, también probó con la escritura antes de dedicarse a la matemática. No se metió en matemática tan profundamente como Maxwell, pero ciertamente dejó trabajos que fueron, aunque más tarde, reflotados y estudiados.

¿Y por qué se da esto de que algunos matemáticos desarrollen un gusto por la poesía, o por la creación literaria? Parece ser que el proceso creativo de los poetas y de los matemáticos tiene ciertas similitudes. De acuerdo a un artículo de Emilio Pedro Gómez, profesor de matemáticas que escribe poemas, los matemáticos y los poetas tienen por norma “inquietar sin tregua a la razón”. Es decir, desafiar los límites de lo que se conoce en su campo. El artículo provee ejemplos, como por ejemplo el pasaje del racionalismo al romanticismo a mediados del siglo XIX, seguido por el pasaje de éste hacia el dadaísmo a principios del siglo XX, que fueron cambios muy radicales en el modo de hacer literatura; en el campo matemático, da el ejemplo del paso de la geometría en el plano a la geometría en la esfera. En ambos casos se puede hablar de cambios radicales, de la literatura y de la matemática. Además, de acuerdo a las palabras de varios matemáticos y poetas, el subconsciente juega un papel importante en la creación, en palabras de matemáticos que han dicho que “tras largas horas de trabajo infructuoso, de repente sobreviene la inspiración en momentos de descanso”. Y, en un sentido, esto último es verdadero incluso para la poesía: los versos salen, no se piensan. Como último punto, tanto en poesía como en matemática, se busca lo estético, se buscan combinaciones “bellas” (hagamos un esfuerzo por entender esto en el campo matemático, pero más de una vez se ha escuchado hablar de una “solución elegante” a un problema).

Aún así, sin cerrarnos sólo a estas razones (que son muy valederas), se podría considerar que las personas con talento para las matemáticas no necesariamente deben carecer de talento para las letras. Un conocido mío, que era bueno en matemática en edad escolar, integró una banda de música y en la actualidad toca la guitarra y el piano excelentemente. Las vueltas de la vida lo han llevado a trabajar en un puesto contable. Entonces, ¿corresponde darlo por perdido como músico, sólo por el hecho de que sea contador? En este sentido es muy esclarecedora la letra de una canción de La Oreja de Van Gogh, que menciona a un “poeta que decide trabajar en un banco”. Las capacidades, que se puede discutir si son innatas o no, lo que escapa al alcance de este artículo, pueden desarrollarse en la medida que su poseedor se dedique a actividades que las exploten.

leo da vinci

Y si no alcanza con este ejemplo, podemos ver a Leonardo Da Vinci, que en el siglo XV fue pintor, médico, arquitecto y músico, entre otras profesiones. En su época, la limitada (en comparación a hoy) cantidad de conocimiento que había acopiado la humanidad le permitía a Leonardo explotar todas sus habilidades, dominando cada uno de los campos del saber. Hoy en día la cantidad de conocimiento ha crecido enormemente, lo que hace complicado siquiera dominar dos disciplinas (por ejemplo, medicina y matemática); ni hablar de ser una eminencia en muchas.

Así que… si usted ve a algún practicante de las ciencias exactas hacer intentos en la literatura, no se inquiete… quizás pueda irle verdaderamente bien.

Visto

visto

El hombre fue llevado ante el tribunal, esposado; en la cara se le veían las huellas de sabe Dios cuántos días en el calabozo de una cárcel suburbana. El juez, tras las formalidades de ocasión, presentación de abogados, fiscal, secretarios y demás, se dispuso a pronunciar los cargos presentados contra el acusado. “Ignorar cartas enviadas hacia usted”, fueron las palabras del juez.

Seguramente, ninguno de los que lean esto habrá escuchado una historia así. Aunque más de uno quizás quisiera que esta situación fuera real. No creo errarle si digo que una de las cosas que más polvareda ha levantado es la famosa y nunca bien ponderada confirmación de lectura de los mensajes de texto, de la naturaleza que sean (Whatsapp, Facebook, etc). Se invocaron avances sobre el derecho a la privacidad de las personas, se generó polémica y, obvio, hecha la ley, hecha la trampa: se inventaron formas de “esquivar” el visto, es decir, leer un mensje sin que el remitente lo supiera.

Si esto es inexplicable, aún más lo es el hecho de que las empresas involucradas tomaron partido en la situación. Sí, como si a ellas les resultara ventajoso o beneficioso el hecho de que se sepa si alguien leyó un mensaje enviado y no lo contestó.

La necesidad (o más bien la ansiedad) de saber si alguien leyó algo que enviamos ha sido una constante a lo largo de los tiempos. Pensemos, no más, en la Antigüedad, cuando se enviaban cartas que demoraban días en llegar al destinatario. Ahí había dos incógnitas: en primer lugar si la carta había llegado y, en segundo, qué respondería el que la recibía (si esto había ocurrido). Uno asumía que, si la carta llegaba, la iban a abrir (no habría, en principio, razón para creer lo contrario). Pero uno esperaba que la carta trajera respuesta, y se empezaba a preocupar cuando pasaban los días y el cartero no se detenía en nuestra puerta, o no encontraba nada debajo de la puerta.

Pero, incluso en esos tiempos, la gente quizás no contestaba las cartas inmediatamente después de recibirlas. Claro, había que pensar en qué se quería decir y cómo, y luego escribir la carta. ¿En qué momento de nuestra existencia se instaló en nuestro balero la idea de que los mensajes hay que contestarlos inmediatamente después de leerlos? Y es que, a lo mencionado de tener que pensar una respuesta, se le agrega que casi siempre estamos haciendo alguna actividad. Parecería que cuando más lógico sería que la gente tarde en contestar, menos se acepta.

No sé qué cantidad de parejas se rompe por mes debido a que uno de los dos se toma tiempo para contestar mensajes, pero la verdad es que, a veces, estaría bueno ser menos ansiosos con ese tema. Ojo, el visto no lo considero por sí mismo una cosa mala. A todos nos sirve saber que alguien leyó lo que le mandamos. Lo que a veces es criticable es la actitud de exigir respuestas inmediatas. En algún momento van a contestar, si es que lo que escribimos merece una respuesta.

La biblioteca de Babel

biblio babel

A mediados de la década de 1940, Jorge Luis Borges escribió este genial cuento, que describe una biblioteca comparable, según el autor, con el Universo mismo. La Biblioteca (ahora la voy a empezar a llamar con mayúscula, para diferenciarla) pretende ser “interminable” y una frase califica su inconmensurabilidad: “La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible”.

La Biblioteca pretende tener todos los libros posibles de existir en el mundo. Incluso los que aún no se escribieron. De esa manera, es infinita y, más allá de las historias que se cuentan en el cuento (valga la redundancia), de personas que mueren en su interior, o de buscadores que llegan al final “rendidos, contando que una escalera sin peldaños lo mató” y cosas así, la idea de una biblioteca que contenga todo, absolutamente todo lo posible de escribir se adivina a medida que uno avanza en la lectura.

Antes de Borges, y en una forma no tan abarcativa, existieron también intentos de consolidar todo el conocimiento de la humanidad. La Biblioteca de Alejandría, por ejemplo, llegó a tener alrededor de 400 mil libros (algunos de ellos, en realidad, rollos de papiro; sería más exacto hablar de volúmenes o tomos). Se dice que, además, incluía un zoológico y jardines, y que entre sus obras había escritos persas, hindúes y hasta africanos. Su mantenimiento y curación corría por cuenta de algunos de los más lúcidos filósofos y poetas de la época. Arquímedes y Apolonio estuvieron entre sus colaboradores.

alejandria

En ese momento, el puerto de Alejandría era uno de los más importantes de la región, y a él llegaban numerosos barcos que eran registrados, lógicamente, en busca de elementos de contrabando. Si se encontraba algún texto escrito, se secuestraba (vaya uno a saber bajo qué argumento), se encargaba a los redactores de la Biblioteca que lo copiaran y, una vez terminada la tarea, se devolvía a su poseedor, informándole de que no se había encontrado nada anormal (!) (Obviamente, esto es una generalización. Vista la época, no sería muy descabellado imaginar que esto no sucedía en el 100% de los casos, pero no le demos un costado violento a la noble tarea de preservar el conocimiento).

Pero había un problema. Alrededor del nacimiento de Cristo, lo que hoy es Europa y el norte de África estaban en plena efervescencia militar. Y, al igual que pasa hoy en Medio Oriente, el patrimonio de la humanidad nunca está a salvo de los conflictos armados. En medio de la guerra que mantenían los imperios romano y egipcio (dentro de la cual se inscribió, por ejemplo, la historia de Julio César y Cleopatra), era muy difícil que la Biblioteca, ubicada en una zona central de la ciudad, no cayera presa del fuego. Y así ocurrió. Ya sea por culpa directa de Julio César, como muchos atribuyen, o por un incidente desafortunado no achacable a nadie, la Biblioteca ardió. No hay consenso sobre si la totalidad de los libros quedó destruida, o si fue sól una parte. Los primeros documentos encontrados de la época afirman que la Biblioteca desapareció por completo (Plutarco), pero más tarde aparecieron nuevas fuentes que dicen que, en realidad, lo que se habría quemado sería solamente una parte del edificio, y otros testimonios van más allá al afirmar que lo que se quemó serían volúmenes que estaban en el puerto, en espera de ser clasificados (Dion Casio). Asimismo, hay testimonios posteriores a las guerras entre Egipto y Roma, que mencionan la existencia de un “gran almacén de libros”, dando crédito a la versión de que gran parte de la Biblioteca se salvó.

Tras el imperio romano, y la consecuente expansión del cristianismo por Europa y oeste de Asia, inició un período en el que los libros, en general, estaban confinados a los monasterios. No es de extrañar esto, ya que la religión dominaba todas las esferas del poder: durante la Edad Media, de hecho, muchas de las monarquías se basaron en el poder divino, explicación mediante la cual se legitimaban las acciones de los reyes (en ocasiones reñidas con la moral, pero bueno, es designio de Dios, y si Dios dice que es necesario tomar determinada acción, entonces debe serlo. No era muy democrática la cosa).

Más allá de que los libros estuvieran en monasterios y demás dependencias de la Iglesia, lo cierto es que no existía ninguna centralización. Cada monasterio podía tener una biblioteca más o menos completa, según el esfuerzo que hubieran puesto en la recopilación y/o transcripción de libros (en esa época estaba muy difundida la práctica de copiar libros por parte de los monjes) y la suerte que hubieran tenido. No hubo nada parecido a la Biblioteca de Alejandría, ni nadie lo creyó necesario, hasta el siglo XVIII.

chambers encyclopedia

En este siglo, hubo varios intentos de compilar todo el conocimiento. Uno de los primeros fue el de Ephraim Chambers y su Encyclopaedia, monumental obra en inglés que pretendía resumir todos los conocimientos disponibles a la fecha tanto en ciencias duras como en humanidades y arte. Fue una obra pionera, cuya característica eran las ilustraciones, y se tradujo al italiano. Y, luego de publicada, salieron nuevas versiones, cada una con más material acerca de cosas que, por desconocimiento o desinterés, habían quedado incompletas en las ediciones anteriores. Incluso fue traducida al italiano, y pudo ser publicada en francés, pero el autor se negó.

La obra de Chambers fue un punto de inspiración para que, en Francia, Denis Diderot y Jean D’Alembert publicaran su Enciclopedia. Este trabajo también persiguió el objetivo de consolidar todo el conocimiento disponible. Contó con muchos colaboradores, entre los que se pueden contar a Montesquieu y Voltaire, y, al igual que la versión inglesa, con el tiempo se fue completando.

diderot-titlepagePero había un problema: en Francia, al momento de la publicación, el clima político estaba en franca ebullición (la enciclopedia se presentó unos treinta años antes de la Revolución). La obra creó polémica en la sociedad, a tal punto que, unos años luego de salida al mercado, Diderot y D’Alembert mantuvieron un enfrentamiento público y se distanciaron. Además, la Enciclopedia era de claro corte protestante y contrario al catolicismo puro. No es necesario decir qué hizo la Iglesia con ella.

A medida que pasó el tiempo, sin embargo, y a medida que se fueron perfeccionando métodos de investigación y avanzó la filosofía del conocimiento, la cantidad de información disponible aumentó a tal punto que se hizo muy difícil poder reunirla toda en un solo lugar (físico o simbólico). Hasta principios del siglo XIX aproximadamente, una misma persona podía tener varias profesiones y dominarlas. Por ejemplo, el mencionado D’Alembert era filósofo y matemático. Louis de Jaucourt, otro colaborador de la Enciclopedia, era médico, político y economista. Más allá del siglo XIX, sin embargo, se vuelve difícil encontrar ejemplos como los de estas personas. Menos hoy en día. Y es que, ¿alguien puede imaginar hoy en día un médico que además sea matemático, y que esté al tanto de las últimas novedades en esos campos, al punto de ser un eminente médico y un eminente matemático? Bueno, si todo ese conocimiento es difícil de hacer caber en una cabeza humana, también ha de ser difícil editar una obra escrita que lo contenga. Y, además, tal obra quedaría rápidamente desactualizada. En la época actual, gracias al acceso a la información y sobre todo a la tecnología disponible, la creación de conocimiento es un proceso muy veloz.

Y, hoy por hoy, quizás lo más parecido a esa idea tan romántica de condensar todo el conocimiento sea Google o, más genéricamente, Internet. Un conjunto de servidores, diseminados por el mundo, contienen casi todo lo que se sabe, en una emulación moderna de aquella Biblioteca de Alejandría, o de aquellas enciclopedias del siglo XVIII. Y hay dos características que vuelven a esto más interesante: es muy fácil aportar contenido, y también es muy fácil obtener información. Lo que parece haber cambiado es, quizás, el método de “edición”: mientras antes había personas encargadas de relevar todo lo que se pretendía incorporar, hoy en día esa tarea la cumplen los que buscan información, filtrando lo que les llega del cúmulo de información a granel que es Internet.

Y de esta manera, se completa el círculo de Borges. La Biblioteca existe ad infinitum; lo más parecido hoy en día al infinito es el conocimiento humano.

Domingueros, o el placer de vivir la vida

Domingo, 10 AM. Carlos (pongámosle este nombre, aunque podría ser cualquier otro) se levanta de la cama. Encara la cocina. Pone leche a calentar, con la idea de hacerse un café con leche. Mientras se calienta, va hacia la puerta, la abre y levanta el diario que, unas horas antes, un abnegado canillita le dejó en la puerta, como todas las semanas. Para este momento, la leche se ha terminado de calentar, así que Carlos regresa a la cocina con el diario, toma el café, el azúcar, se prepara su desayuno, saca alguna galletita para acompañar, y se dispone a informarse de todo lo que pasó.

Esta escena es muy típica de las mañanas de los argentinos. A Carlos nada lo sacará de su lectura matinal, ni siquiera la necesidad de pensar en qué almorzar, algo que (con frecuencia) ya está definido. Nada de qué preocuparse: durante el día anterior, ya fueron hechas las compras pertinentes para que, este domingo, se pueda disfrutar de la mesa en plenitud con la familia. ¡Dale, que en cualquier momento llegan!, grita, desde algún lugar de la casa, María, esposa de Carlos desde hace ya no se sabe cuántos años, y que, como toda mujer ocupada de las cosas de la casa, se desvive por que ésta quede presentable para las visitas, algo que nunca logrará. Más bien, un minuto antes de que lleguen las visitas quedará conforme por la simple razón de que ya no se puede hacer nada, que el desastre ya está hecho y que nunca se podrá arreglar. “No miren el desorden”, le dirá, entre resignada y amable, a los que lleguen, casi siempre temprano porque creyeron que iba a haber tránsito pero éste nunca existió.

Once y media. Hora de prender el fuego. ¿Hay carbón? se pregunta, con cierto sobresalto Carlos. Por suerte hay. Entonces, pacientemente, se pone a hacer la pila de papel, seguida de ramas recolectadas de algún paseo por el parque en época de poda, y arriba los trozos de carbón en una forma cuidadosamente ideada como para que la pila no se desmorone y, a la vez, se pueda prender. Innegociable, el montoncito de carbón a un costado, “para hacer de reserva de fuego”, aunque casi nunca se use. La carne, cuidadosamente salada, no, con sal fina no, con gruesa, ¡¿no entendés?! arriba de la parrilla, se va cocinando mientras Carlos y María reciben a los invitados, les muestran dónde dejar los abrigos (es agosto, hace frío por momentos), comen una picada y hablan del tránsito para venir, de dónde dejaron el auto, de que es imposible encontrar un lugar en la calle, y demás cosas, sólo tendientes a pasar el tiempo que resta hasta que la carne esté cocida, momento en el que se suscitará la eterna discusión entre los que les gusta a punto, pasadita, jugosa y todo otro estado posible.

asado domingo

Ya están todos a la mesa, y luego del aplauso para el asador de rigor, se dedican a comer. Por las cuatro horas restantes todos (sí, todos) se dedicarán a ponerse al día, porque si para algo fueron hechas las comidas de domingo es para contarse lo que pasó desde la última juntada. Entonces, sobrevendrán las risas, las confidencias, que mi hija aprobó una materia en la facultad, que la otra se puso de novia, etc. De a poco, la comida va dejando paso al postre, y luego a la sobremesa. Otro momento de charla, en donde, si faltó decir algo, se cuenta acá.uego, a las cinco de la tarde, el obligado té, costumbre heredada de los ingleses que, pese a no habernos podido invadir allá por principios del siglo XIX, en el poco tiempo que estuvieron acá parece que alcanzaron a dejarnos. O, capaz, es una necesidad fisiológica del cuerpo (tomar el té a las 5 de la tarde, no creo que el cuerpo tenga un reloj pero por alguna razón siempre a esa hora dan ganas de tomar algo). Siempre, ineludiblemente, con facturas traídas por los invitados. Seis de la tarde, hora de irse para los invitados, que se levantarán aduciendo motivos del tipo de “se va a hacer de noche” para emprender la retirada, retirada que el dueño de casa espera para poder ver el partido de las seis y cuarto tranquilo. Porque el partido no se negocia. Se ve, o se ve.

partido domingo

Con los invitados afuera, y con el sol afuera aferrándose para no caer detrás de la última línea de edificios, Carlos y María se disponen a levantar la mesa. Una tarea casi tan titánica como la de disponer todo a la mañana, sólo que acá se trata de limpiar todo lo más rápido posible para descansar. Y Carlos se va a ver su partido, María a leer, cada uno por su lado se sumergen en lo profundo de su ser, sin pensar en nada, ya terminado el momento de la hospitalidad. Qué lindo es el domingo, la verdad. Con todos los estereotipos que carga a cuestas, igual es un día para disfrutar. Porque, ¿qué haríamos sin la diversión de las juntadas multitudinarias, a charlar, a comer, a vivir la vida? Es un cliché, sí, es algo muy cursi si se quiere lo del domingo, pero a medida que se acerca, uno no puede dejar de pensar en lo que va a hacer ese día. Parece como si el hecho de no cumplir con el ritual dominguero nos fuera a dejar un vacío en nuestras vidas, como que no fueran a ser completas.

Dale zorrita

555

El pibe, de no más de 19 años, divisa su presa. Y va hacia ella. Ataca, diríamos, si fuera un animal. Con algunas palabras de ocasión (nunca el fatídico y lapidario ¿De qué signo sos?) logra mantener la atención de la muchacha, que tampoco parece haber doblado la curva de los 20. Ahora suena una canción de ritmo pegadizo, y se escucha de a ratos la frase del título de la nota. Los chicos, en su mundo, se zarandean al compás de la música. ¿Le irá a repetir las mismas palabras en otro lado el chico a la chica, fuera del boliche? Nunca se sabrá.

En una situación fuera de la descripta, nadie debería esperar ganarse el corazón de una muchacha usando semejantes palabras. No sé si alguna se prestaría a algo así, pero lo veo improbable, más ahora con cosas como #NiUnaMenos y similares.

Y sin embargo, es imposible pasar por alto las letras de algunas canciones, que suelen escucharse de noche. No se puede obviar el hecho, no se puede hacer oídos sordos y nada más. Es que las canciones, a veces, no parecen dejarle imaginación a la gente sobre cuál es el objetivo del autor de las palabras. Justamente, una de las cosas maravillosas que tiene esa actuación, que en Argentina hemos dado en llamar chamuyo, es la prerrogativa de ir haciéndose el camino a fuerza de indirectas, de recorrer en espiral un camino que se podría hacer en línea recta. El ir y volver, el avanzar y retroceder, nunca dar el golpe final.

Claro: con el tiempo, a medida que este jueguito se repite en el tiempo, se va volviendo, por así decirlo, light. Es decir, no causan el mismo impacto. De alguna manera, se requiere ser más directo, ya no más dar vueltas. Sea porque se vuelve inaguantable, o porque –en cualquier caso, a pesar de que se den muchas vueltas- siempre llega el momento de las definiciones. No deberíamos olvidarnos de que, en lo que sea, la gente con el tiempo espera que las cosas sean más rápidas. Y así es como se llega, desde el romántico y quizás acaramelado

“Intentaría a usted comprarla, (…) sí con cariño y nunca dejarla”

al decididamente explícito

Move la cazerola (sic), movemela toda movela zorra que ya no aguanto más”

que no necesita explicación ni es enigmático en ningún aspecto.

Ahora afuera del boliche, y en el colectivo de vuelta a casa, ya sin la música nublando los oídos y los sentimientos, uno se pregunta, ¿se producirá el movimiento contrario en esta tendencia? De alguna manera podría pasar que la música muy explícita pase de moda y se vuelvan a escuchar, mayormente, temas más indirectos, por así decirlo, como era hace no más de quince años. La moda siempre fue algo pendular, así que quizás en diez años estemos escuchando de vuelta música tropical. Y por ahí, en veinte, se vuelve a dar vuelta la moneda, y estamos escuchando la música de este mismo tiempo.