Hablar de política

ateneo politico

En Argentina, este año es un año de elecciones. Como cada cuatro años, la ciudadanía se cita en compromiso electoral para elegir a quien será Presidente de la Nación (además de otros cargos, variables según el distrito) durante los próximos cuatro años, a contar desde diciembre, mes en que el/la elegido/a asumirá.

 

Como siempre, en los meses previos a la elección, se da una intensa discusión en TV, en la radio, en diarios y revistas, en ateneos de partidos, etc. Tanto los involucrados en los partidos políticos, como los especialistas en temas de política nacional se enfrascan en un sinfín de discusiones, argumentaciones y diatribas acerca de quién es el mejor candidato, quién es el que mejor va a manejar la economía, además de algún tema de ocasión. Incluso, y en un acto novedoso, este año hubo dos debates presidenciales en Argentina, uno antes de cada vuelta electoral, en los cuales los candidatos debatieron (o intentaron debatir) sus propuestas en varias materias que marcan agenda en la gestión de un presidente.

 

En mi casa nunca se habló demasiado de política. Siempre, más bien, se tendió a dejar ese tema un poco de lado, como algo de lo que no se habla. Más todavía, siempre era un tema del que hablan los grandes, de esos de los que, si preguntábamos, lo más seguro es que nos dijeran de ir a jugar o, aprovechando la ocasión, pedirnos algo de la cocina o de la mesa (por alguna razón, siempre escuchábamos las conversaciones de los grandes en la mesa, porque en verdad, otro lugar para escucharlos hablar no había). A mí me empezó a interesar un poco al principio de mi adolescencia. Yo leía los diarios, habitualmente muy por arriba, pero en esa época empecé a ser más consciente de algunas cosas a las que, simplemente, les pasaba por arriba. Y me interesaba leer cómo le iba a ir al país, qué se decidía, qué medidas se tomaban, y demás. Por supuesto que no entendía nada, y era una edad muy corta para que siquiera pudiera entender algunas cosas de la política que, con el tiempo, fui entendiendo. Digamos, un inocente.

politica universidad

En mi primer año de universidad, un poco por la edad y la información a la que accedía y otro poco por estar en una universidad pública, donde el tema político siempre está, empecé a acceder a más información y debate sobre política. Por esos meses, tuve un pensamiento muy lúcido: Últimamente se está hablando mucho de política. No es un tema olvidado. Y es que se venían elecciones a fin de ese año, pero de todos modos me pareció muy bueno que se discutiera. Notaba que el tema no estaba sólo en los programas de análisis político, sino también en los diarios, ocupando un espacio mayor que el que ocupaba antes, en la conversación de la gente, en suma, en la calle. Es más: en el segundo año, tuve una profesora que, junto con un ayudante, pertenecían al Centro de Estudiantes de mi facultad y, varias veces, se ocupó de decirle a sus alumnos (es decir, a nosotros) que debían involucrarse en política, que más allá del estudio siempre es importante que uno esté informado de lo que pasa, al menos, si es que no quiere participar. Lógicamente, sin que afecte la capacidad de estudiar y aprobar materias.

 

Es sólo un ejemplo, pero a medida que pasó el tiempo noté cómo la discusión política se iba infiltrando, hasta llegar incluso al entorno en el que yo me manejo. Más que nada para las elecciones de este año, tuve muchas conversaciones sobre política con mis amigos y conocidos. E incluso con mi familia, la que, como decía al principio del artículo, no gustaba de tocar temas relacionados a la conducción del país. Hubo un proceso de acercamiento de la política a la sociedad, como si alguna barrera invisible se fuera difuminando hasta desaparecer.

 

Es bueno que la gente común, la que no está afiliada a partidos o no tiene ambiciones en el campo estatal, se interese por temas de política. Porque, como decía mi profesora de la universidad, siempre está bueno interesarnos por lo que pasa, aunque no tengamos posibilidad de modificarlo. Aunque sea para poder cubrirnos y no poder decir “Ah, pero yo no sabía que era así”. Más allá de eso, hay una razón más poderosa para interesarnos: nos afecta a todos. El país está conformado por toda la gente que vive en él y, cuando elegimos a nuestros representantes para llevarlo adelante, tenemos que mínimamente conocer qué proponen y cuáles serán las cosas que harán una vez que lleguen al poder. Porque son las cosas que modificarán, de una manera u otra, nuestras vidas.

Un presidente tiene cuatro años para gobernar. ¡Las cosas que se pueden hacer en cuatro años! Sin entrar en detalles de medidas específicas, lo que hagan los miembros del gobierno pueden afectar desde cómo trabajamos, hasta cómo compramos las cosas que necesitamos, cómo distribuimos nuestros momentos de ocio, en qué gastamos el dinero, si ahorramos, si gastamos…es más, si somos empresarios o tenemos algún negocio, es mucho más crítico. ¿Es bueno que no tengamos en cuenta todas esas consideraciones? urnaSaber de política hace que, a la hora de votar, podamos hacerlo más responsablemente y con más conocimientos en la cabeza para poder decidir, sobre una base sólida, qué boleta vamos a elegir en el cuarto oscuro. Digo esto y recuerdo un video que se popularizó durante las elecciones abiertas, en el que se mostraba a un hombre saliendo de votar, diciendo en voz alta que “había votado cualquier cosa” (restándole importancia al acto), cuando un hombre a caballo, seguramente representando a un prócer, lo derribaba y golpeaba, en represalia por lo que acababa de decir y hacer. El mensaje final del video, “hay gente que hizo mucho por este país”, invita a votar con responsabilidad. Y para ello es crucial tener conocimiento de lo que se propone.

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Foto: Alejandro Pagni / PRENSA SENADO

También es buena la penetración de la política en la sociedad porque, en alguna gente, descubre su pasión por hacer algo, por tomar la iniciativa y sumarse a la masa de afiliados o, simplemente, militantes de los partidos. Nos podemos quejar de que las cosas andan mal, que todo está perdido y consignas similares, pero ¿qué ganamos con eso? Mejor que quejarse es ponerse en marcha y hacer actividades proactivas para cambiar lo que no nos gusta. Y, ya sea a nivel barrial, municipal o el que sea, está muy bueno que la gente se sume a ayudar a que las cosas salgan. Que haya conciencia de las cosas las hacemos nosotros y si no nos ponemos nosotros no las va a hacer nadie más. Eso es lo que hace falta, involucramiento de la gente. Y es algo que la política, incluso con sus vicios, genera.

 

Y, como conclusión, tomando el sentimiento de la gente que recela de involucrarse en la política, dejo un concepto: siempre es necesario que haya alguien. Si alguien cree que meterse es perder el tiempo, es bueno que sepa (no cuestiono su decisión de no meterse) que alguien siempre va a tener que hacer el esfuerzo. Siempre alguien va a tener que perder el tiempo con cuestiones políticas.

 

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Chico de la calle

user "Julie"

Flickr

Esta es mi historia, como la de tantos más, que como yo no han adquirido aquello que en barrios más adinerados que el mío suele llamarse “independencia financiera”. Sí, soy un chico de la calle. Limpio los vidrios de los autos en los semáforos. Hace no muchos años que lo hago, pero a mi corta edad hasta un año es mucho tiempo.

Todos los días camino entre los autos detenidos, con mi trapo y mi balde de agua gris, ofreciendo un servicio que seguramente muchos de ellos no aceptarán. Uno me negará con la cabeza, otro haciendo un movimiento de dedos, otro ni siquiera mirará, alguno me dirá amablemente que no desea que le limpie los vidrios de su auto, aunque éstos rebosen de tierra. Acaso alguno me dará unas monedas, a desgano, sacando las manos por la ventanilla y sin mirar, casi como en un acto de cursilería, de solidaridad porque sí, para no quedar mal con quien los acompaña en el viaje.

Y es que, en realidad, mi trabajo es solamente simbólico. Todo el mundo puede limpiar los vidrios de su propio auto. Afortunadamente para mí, muchos eligen no hacerlo. Es una de las pocas opciones que me quedó, y al menos es, para mí, mejor que simplemente pedir monedas: al menos, a alguien, uno de cada muchos, les sirve.

Así transcurren mis días, en los semáforos, entre miradas de desdén, con autos que arrancan sin importar si yo estoy en medio, si llegué a la vereda antes que el semáforo les dé la luz verde. Mi desamparo no es un problema de ellos. Seguramente, la mayoría me habrá olvidado antes de llegar a la siguiente esquina, ese chiquito, ese negrito, que anda dando vueltas entre los autos. “No hay que fomentar la vagancia”, “son vagos”, “lo que sacan limpiando se lo gastan en droga”, son algunos de los lapidarios argumentos que esgrimirán aquellos a los que el dinero les alcanza para comer y mucho más, esos que creen que es verdad que todos podemos llegar a lo mismo con el mismo esfuerzo.

Supongo que, al menos, puedo estar contento de que cada uno de los pesos que junto acá va a parar a mi familia, es un bocado más que pueden comer mis hermanos, mis papás. Es que, al final del día, luego de tantas miradas vacías, de tanto moverme entre gente que con mi mundo comparte sólo la calle por la que se deslaza, saber que algo me llevo a casa para mi familia es una de las cosas más hermosas que existe.

Quizás un día todo esto se arregle. Y pueda ir a la escuela. Me encantaría poder aprender sobre las plantas, los planetas, cómo se construyen las casas, en fin, todo eso. Y jugar a la pelota, sentirme Messi entre otros como yo, poder crear sueños que trasciendan lo que nuestros ojos pueden mostrarnos. Es que, pese a que no me resulte degradante limpiar vidrios, no fue una elección para mí. Y no quisiera tener que beberme la niñez de un trago rápido, me gustaría poder disfrutarla a la manera de muchos chicos que, aunque no sean ricos en dinero, sí son ricos en poder hacer su camino, jugar, rasparse las rodillas, enamorarse, en fin… vivir como niños.

Aves de paso

ave de paso

Más de una vez he escuchado argumentos del tipo “los noviazgos fugaces de hoy no sirven para nada”, “desprestigian el amor”, y cosas de ese tipo. Sin que estas aventuras sean tan descarnadas como las que plantea el maestro Sabina en su canción (“que en el asiento de atrás de un coche no preguntaban si las querías”), en verdad no son tan contraproducentes como lo dicen algunas de las frases que escucho y leo.

No, no lo son. Muchas veces sirven para enriquecer la vida de uno. Porque no siempre uno se va a encontrar con su media naranja, pero como decía una conocida publicidad, “mientras esperás al ideal, disfrutá lo que tenés”. Y aunque la publicidad exagere la estupidez del chico implicado, la realidad es que en la mayoría de los casos, salvo que nos relacionemos con alguien muy poco afín a nosotros, siempre existe la chance de encontrar alguien con quien querramos algo más que una amistad. Y no sabemos qué puede pasar con esa persona, puede ser que nos caiga un ramo de flores o un ladrillazo.

Fuiste ave de paso. Hiciste nido en mi árbol, al año siguiente te fuiste a otro, pero qué hermoso es ese tiempo en el que el nido estuvo lleno. Al final, siempre queda algo. Una buena amistad, como le pasó a mi colega de oficio, o el conocimiento de cocina que le quedó a mi amigo que estuvo dos años y medio con una cocinera. Y un tendal de besos diseminados por la ciudad, por el campo, unas cuantas noches… que posiblemente sean lo que uno recuerde después de superar el inicial período de luto. Casi con seguridad los que opinan en contra de las aves de paso lo hacen poco después de una ruptura…

Así es que, ¡gloria a las aves de paso! Cuando pasan, casi siempre dejan algo. No se van con todo lo que traían. Y eso es lo mejor que puede dejar la vida. Buenos momentos, amigos, risas, todo lo que al final del camino nos hará vivir más.

Morir en la pavada

condor

Hoy les quiero traer a colación mis sensaciones acerca de un cuento que leí un par de veces, y que se titula igual que la nota. Si lo quieren leer,les dejo acá el link (aunque, si lo googlean, seguro lo encuentran).

Es muy simple y conciso el argumento. Ahora, tiene un mensaje muy fuerte, muy significativo. Todos, en algún momento, hemos dudado de lo que estábamos haciendo, pero en el momento alejamos esos pensamientos cuasi revolucionarios de nuestra cabeza y seguimos adelante con lo nuestro. Algo así como que nunca quisimos cambiar de rumbo. Sucede que es un proceso psicológico estresante el de cambiar. Hay mucho miedo al cambio en el ser humano. Cambiar es casi como tirarse a una pileta en la que no sabemos si hay agua o no. Nos da terrible temor pegar un volantazo y decir “ya está, se acabó, ahora voy a hacer esto”. Y para peor todos nos dicen, citando una sabiduría muchas veces dudosa, “No, mejor seguí así, estás bien”. Una canción en una película más o menos conocida dice “stick to the status quo”. Más claro, echale agua.

Pero ahí está el mensaje del cuento. Hay que hacerlo. Hay que jugársela. Siempre hay que darse la chance de algo mejor. Claro: al “pavo” podría haberle fallado la intuición, y quizás él era realmente un pavo. Pero nunca lo supo, y ahí está el problema. Porque si no probamos qué tal es tal cosa, nunca la vamos a conocer. Y nos vamos a quedar con la eterna duda.

A los que les gusta quedarse siempre con lo que tienen, que viven bajo la regla de es mejor malo conocido que bueno por conocer, les diría que alguna vez prueben de romper ese mandato, y de comprobar si ese bueno por conocer es peor que el malo conocido. Obviamente: con sentido común. Pero no desconfíen de la intuición: habitualmente es acertada. Por algo viene en nuestro instinto, y ¿conocen algún caso en que el instinto pueda llevar a la destrucción de una especie?

Un último pensamiento: podemos proyectar de acá a un tiempo, digamos seis meses. Si hacemos algo distinto, en seis meses vamos a estar igual, mejor o peor. Pero si seguimos igual y nos negamos a cambiar, vamos a estar iguales que al principio. ¿Y no vale la pena arriesgarse a que las cosas mejoren? ¿No es gratificante verse en el futuro, y decir “y yo que tanto dudaba, que tan poca fe le tenía”?

PH

Recientemente, tuve una discusión. Yo sostenía que las iniciales PH significaban “propiedad horizontal”, una idea que tenía desde que, de chico, fui a la casa de una persona que vivía justamente en un PH. Mientras tanto, mi interlocutor decía que PH y “propiedad horizontal” eran cosas totalmente distintas.

Con esto en mente, fui a la fuente: busqué la ley de Propiedad Horizontal, y encontré la siguiente definición:

“Art. 1° – Los distintos pisos de un edificio o distintos departamentos de un mismo piso o departamentos de un edificio de una sola planta, que sean independientes y que tengan salida a la vía pública directamente o por un pasaje común podrán pertenecer a propietarios distintos, de acuerdo a las disposiciones de esta ley.”

PH2Es decir, que una “propiedad horizontal” sería unas colecciones de unidades, todas ubicadas a un mismo nivel, independientes, accesibles por un pasaje común. Y esto es, justamente, un PH (la característica de los PHs es . De acuerdo a esta definición, cada piso de un edificio es una “propiedad horizontal”, y un edificio sería una pila de PHs ubicados uno arriba del otro. Conclusión: la discusión de la que hablaba fue un empate, porque, en verdad, los edificios, que están en “régimen de propiedad horizontal”, lo están porque son un conjunto de “propiedades horizontales”, que son lo mismo que “PHs”.

Últimamente, unos cuantos conocidos míos, del trabajo o de otros lados, se han buscado una casa para vivir con más independencia. Solos o con amigos. Y lo que muchos de ellos buscaron fueron, justamente, PHs. Entonces, ¿qué es lo que los hace elegir este tipo de vivienda? Quizás para salir del clásico departamento, o porque el estilo, simplemente, les gusta o se adapta más a sus necesidades. Sea como sea, a mi alrededor se han popularizado, y es por eso que vengo a hablar de ellos.

Tienen una gran desventaja, que todos te puntualizan, que es que son inseguros. Es muy fácil meterse en uno por los techos. Y además, como son construcciones muy de época, no suelen tener las medidas de seguridad más nuevas en materia de ingresos. Las puertas se pueden forzar fácilmente. Y tampoco tienen vigilancia, cosa que los edificios suelen tener.

Pero, indudablemente, la mayor ventaja es que son muy espaciosos. Y tienen salida al aire libre. Todos los que vi (hay varios alrededor del lugar donde vivo) tienen terrazas grandes, donde la gente suele colocar desde reposeras, hasta parrillas. Si sos alguien con tendencia a la creatividad, podés ponerte un tallercito, de carpintería, de pintura, de lo que sea. Impensable poner eso en un departamento normal, donde además no podés hacer ruido y todo el polvo y suciedad que hacés queda adentro. En un PH, eso puede quedar convenientemente afuera. Por supuesto, esto no exime de las posibles represalias del tipo “¡Me tenés toda la terraza hecha un asco!” o la remota posibilidad de llegar a casa y ver máquinas afuera, en la vereda. Bueno, esto último es difícil que pase.

E incluso, cuando el tiempo da para estar afuera, se puede ir a la terraza. Es como una casa, pero más chica y en un espacio compartido. ¿Fiesta con mucha gente? No hay problema: es muy improbable que alguien te denuncie por ruidos molestos.

Una visión que me resulta muy típica de los PH es la de gatos caminando por los techos, o por las cornisas de las paredes. Supongo que por eso, en un PH, el dicho de “me lo contó un pajarito” debería ser reformulado: en vez de pajarito, el animal delator debería ser un gato.