Revolución

confesiones

En una de las mejores canciones – a mi juicio- escritas por Charly García, se cuenta la historia de un rey, que gobierna cómodamente en su mansión, alejado de los problemas terrenales. No parece darle demasiada importancia a su pueblo, hasta que éste – finalmente – se rebela, causando la caída del rey. Cuando la escuché, me vinieron muchas ideas a la cabeza, todas juntas; la música de la canción, de tono indudablemente dramático, hace que la cabeza se vuelva un trompo en loca rotación.

Pero después, al escuchar la letra con detenimiento, no pude evitar pensar en esas situaciones en las que uno cree tener todo controlado, o todo bajo su ala, hasta que llega un momento en el que realmente el poder cambia de manos. Podría ocurrir en cualquier lugar, en cualquier situación, pero lo cierto es que este tipo de cosas se dan demasiado seguido en la vida cotidiana, y esta es una de las canciones que – a mi parecer – mejor lo pinta.

El rey de la canción se siente demasiado cómodo con la situación en la que está. Podemos pensar en un jefe, un padre/madre de familia, un cónyuge, cualquier persona a cargo de algo. Al pueblo, detrás del mar, le molesta la barriga, pero el rey no escucha sus voces y sigue en su ensimismamiento, ya que por un lado considera que el pueblo es inofensivo (no le puede hacer nada) y, por otro lado, considera que los reclamos del pueblo son ilegítimos. Quien nos hace daño casi nunca se percata de ello.

Pero esto no durará mucho. Y con mucha frecuencia, el final de la historia es violento. La canción lo describe muy bien:

Yo era el rey

De este lugar

Hasta que un día

Llegaron ellos

Mezcla de insatisfacción por la situación que vivimos, deseo por cambiar las cosas ahora mismo y rabia por haber perdido el tiempo en algo que ahora somos conscientes de que no funciona, nos surge una fuerza arrolladora que quiere dar por tierra con el status quo, quiere imponer un nuevo orden. El pueblo, cansado de no ser escuchado, decide que las cosas no pueden seguir como están y toma una solución intempestiva. Es el famoso click, la lamparita que se enciende. Aquí podemos ver a la familia de la persona que no le dedica tiempo, a un empleado que abandona un puesto en que se siente poco valorado, al cónyuge que pide un divorcio, luego de que su cabeza toma, por fin, conciencia. Claro, para el rey, el pueblo no tiene corazón: no puede entender cómo se trastocó un sistema en el que él se hallaba cómodo y que consideraba que era lo correcto:

Gente brutal

Sin corazón

Que destruyó

El mundo nuestro

Y es que la insatisfacción suele ser un vehículo que con gran efectividad nos lleva a querer borrar de un plumazo lo que existe. Quien se siente insatisfecho siente, cuando cae en la cuenta, un odio repentino e insondable que amenaza con arrasar todo. Demasiadas veces ya se vio esto a lo largo de la historia, incluso con grandes guerras que ocurrieron simplemente porque un bando se sentía perjudicado injustamente frente a otro.

Como corolario a toda la historia, vemos al rey derrotado, ya sin poder alguno. La desnudez es un símbolo incuestionable: ya sin sus investiduras, el rey no es rey. Baila detrás de las colinas: no se puede mostrar, ha comprendido al fin que lo que hizo es, sencillamente, inaceptable, y que dar la cara sería una herida más a su ya maltrecho orgullo. En su tristeza, añora los tiempos en que las cosas estaban a su favor. Lo que siente, indudablemente, alguien que entregó su afecto con avaricia y manejó sus asuntos a mano de hierro: ahora, su pueblo le corresponde con la fría indiferencia. Los tiranos no dejan recuerdos.

Yo era el rey

De este lugar

Tenía cien capas

De seda fina

Y estoy desnudo

Si quieren verme

Bailando a través

De las colinas