Cuando perdemos lo que más queremos

los venenos“Abrí la lata del veneno y eché dos, tres cucharadas llenas en la máquina y la cerré; así el humo invadía bien los hormigueros y mataba todas las hormigas, no dejaba ni una hormiga viva en el jardín de casa.”

Hay muchas formas en las que uno puede reaccionar ante una desilusión. La que cito arriba pertenece a un conocido cuento de Julio Cortázar, Los venenos, publicado en Final del juego. Obviamente, la máquina, el veneno y las hormigas son una pantalla para algo que se cocerá durante el relato y estallará al final. Qué gran maestro que es Cortázar, y qué bien que plantea una situación tan cotidiana y tan plausible, hasta el extremo de narrarla sin caer en lugares comunes ni ser demasiado frontal.

¿Cuántas veces nos pasó que el estado de cosas era determinado, hasta que llegó alguien de afuera y cambió todo? Y esto es lo que pasa en el cuento, donde el protagonista (el narrador) mantiene una relación que no llega a ser amorosa con una chica de su barrio. En el lenguaje de la segunda década del siglo XXI, se diría que ella lo quiere sólo como amigos. Pero las cosas se dan vuelta cuando llega el primo del protagonista. Éste, con el tiempo, ganará el corazón de la muchacha.

Todo esto se nota en el pasaje siguiente:

“(…) le dije a Lila que aguantara nada más que un segundo, y que si quería cerrara los ojos. Pero ella no quiso y mientras yo le pasaba el alcohol ella lo miraba fijo a Hugo como para mostrarle lo valiente que era.”

Claro, la chica podría mirarlo a Hugo por una infinidad de motivos. Pero no nos engañemos: hay algo que no funciona acá. Algo no cierra. Y, encima,

Por la noche me costó dormirme, no sé por qué. Se me había metido en la cabeza que Lila no estaba bien y que tenía fiebre (…) Al final me dormí pensando en Lila y Buffalo Bill y también en la máquina de las hormigas, pero sobre todo en Lila.”

No hay mucho que decir acá. Casi todos nos hemos visto en esa situación. Esas son el tipo de cosas que nos agarran cuando creemos que las cosas con alguna persona significativa para nosotros no están del todo bien. Llamémoslo como sea: intuición, corazonada, como querramos. Es así: empezamos a sentir una intranquilidad que no sabemos de dónde viene, pero que rápidamente relacionamos con esa relación que creemos que tambalea. De repente, la inseguridad invade el corazón, hay algo que no se siente bien ahí adentro. ¿Extrañaría el resultado final de todo?

Pero el protagonista no se da por vencido: intenta defender hasta las últimas consecuencias aquello que no quiere perder:

(…) le mostré mi jazmín y le dije que se lo regalaba y que si quería la iba a ayudar a hacerse un jardín para ella sola.”

El problema es que la chica ya es de otro. No podrá reconquistarla. En los dominios del corazón, la reconquista es algo que ocurre muy pocas veces, y ésta no será una de ellas. Y aquí, de paso, permítanme introducir un nuevo concepto: el de lo nuevo. ¿Cómo entra esto? El protagonista viene cortejando a Lila desde hace un tiempo indeterminado, pero algo hace pensar que eso viene de largo. En ese contexto, cuando las relaciones se estancan (y aquí reaparece lo del “sólo amigos”), la posibilidad de un quiebre, un giro, generan un efecto de imán muy fuerte en las personas que se sienten estancadas. Y hacia allá fue Lila, a la que Hugo le iluminó un camino que hasta ese momento parecía gris, lineal, una ruta en el desierto. Hugo plantó flores a los costados.

Ya el final, que es el pasaje que cité al principio, es el corolario del mar de sensaciones en que se convirtió el protagonista. Despechado, ya ha borrado a Lila de su corazón y piensa en matarla (obviamente, esto no es literal). Entonces, cuando el jazmín es alcanzado por el veneno, el dique que contiene las emociones se rompe: cual masiva caída de agua, el protagonista llena la máquina de veneno para dar por tierra con todo lo que la unía a ella. Ironías: el jazmín era su planta preferida. El protagonista, al perder a Lila, ha perdido todo cuanto le importaba en su vida, ha sufrido una de esas derrotas que duelen bien adentro.

A todos nos ha pasado alguna vez…

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