La biblioteca de Babel

biblio babel

A mediados de la década de 1940, Jorge Luis Borges escribió este genial cuento, que describe una biblioteca comparable, según el autor, con el Universo mismo. La Biblioteca (ahora la voy a empezar a llamar con mayúscula, para diferenciarla) pretende ser “interminable” y una frase califica su inconmensurabilidad: “La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible”.

La Biblioteca pretende tener todos los libros posibles de existir en el mundo. Incluso los que aún no se escribieron. De esa manera, es infinita y, más allá de las historias que se cuentan en el cuento (valga la redundancia), de personas que mueren en su interior, o de buscadores que llegan al final “rendidos, contando que una escalera sin peldaños lo mató” y cosas así, la idea de una biblioteca que contenga todo, absolutamente todo lo posible de escribir se adivina a medida que uno avanza en la lectura.

Antes de Borges, y en una forma no tan abarcativa, existieron también intentos de consolidar todo el conocimiento de la humanidad. La Biblioteca de Alejandría, por ejemplo, llegó a tener alrededor de 400 mil libros (algunos de ellos, en realidad, rollos de papiro; sería más exacto hablar de volúmenes o tomos). Se dice que, además, incluía un zoológico y jardines, y que entre sus obras había escritos persas, hindúes y hasta africanos. Su mantenimiento y curación corría por cuenta de algunos de los más lúcidos filósofos y poetas de la época. Arquímedes y Apolonio estuvieron entre sus colaboradores.

alejandria

En ese momento, el puerto de Alejandría era uno de los más importantes de la región, y a él llegaban numerosos barcos que eran registrados, lógicamente, en busca de elementos de contrabando. Si se encontraba algún texto escrito, se secuestraba (vaya uno a saber bajo qué argumento), se encargaba a los redactores de la Biblioteca que lo copiaran y, una vez terminada la tarea, se devolvía a su poseedor, informándole de que no se había encontrado nada anormal (!) (Obviamente, esto es una generalización. Vista la época, no sería muy descabellado imaginar que esto no sucedía en el 100% de los casos, pero no le demos un costado violento a la noble tarea de preservar el conocimiento).

Pero había un problema. Alrededor del nacimiento de Cristo, lo que hoy es Europa y el norte de África estaban en plena efervescencia militar. Y, al igual que pasa hoy en Medio Oriente, el patrimonio de la humanidad nunca está a salvo de los conflictos armados. En medio de la guerra que mantenían los imperios romano y egipcio (dentro de la cual se inscribió, por ejemplo, la historia de Julio César y Cleopatra), era muy difícil que la Biblioteca, ubicada en una zona central de la ciudad, no cayera presa del fuego. Y así ocurrió. Ya sea por culpa directa de Julio César, como muchos atribuyen, o por un incidente desafortunado no achacable a nadie, la Biblioteca ardió. No hay consenso sobre si la totalidad de los libros quedó destruida, o si fue sól una parte. Los primeros documentos encontrados de la época afirman que la Biblioteca desapareció por completo (Plutarco), pero más tarde aparecieron nuevas fuentes que dicen que, en realidad, lo que se habría quemado sería solamente una parte del edificio, y otros testimonios van más allá al afirmar que lo que se quemó serían volúmenes que estaban en el puerto, en espera de ser clasificados (Dion Casio). Asimismo, hay testimonios posteriores a las guerras entre Egipto y Roma, que mencionan la existencia de un “gran almacén de libros”, dando crédito a la versión de que gran parte de la Biblioteca se salvó.

Tras el imperio romano, y la consecuente expansión del cristianismo por Europa y oeste de Asia, inició un período en el que los libros, en general, estaban confinados a los monasterios. No es de extrañar esto, ya que la religión dominaba todas las esferas del poder: durante la Edad Media, de hecho, muchas de las monarquías se basaron en el poder divino, explicación mediante la cual se legitimaban las acciones de los reyes (en ocasiones reñidas con la moral, pero bueno, es designio de Dios, y si Dios dice que es necesario tomar determinada acción, entonces debe serlo. No era muy democrática la cosa).

Más allá de que los libros estuvieran en monasterios y demás dependencias de la Iglesia, lo cierto es que no existía ninguna centralización. Cada monasterio podía tener una biblioteca más o menos completa, según el esfuerzo que hubieran puesto en la recopilación y/o transcripción de libros (en esa época estaba muy difundida la práctica de copiar libros por parte de los monjes) y la suerte que hubieran tenido. No hubo nada parecido a la Biblioteca de Alejandría, ni nadie lo creyó necesario, hasta el siglo XVIII.

chambers encyclopedia

En este siglo, hubo varios intentos de compilar todo el conocimiento. Uno de los primeros fue el de Ephraim Chambers y su Encyclopaedia, monumental obra en inglés que pretendía resumir todos los conocimientos disponibles a la fecha tanto en ciencias duras como en humanidades y arte. Fue una obra pionera, cuya característica eran las ilustraciones, y se tradujo al italiano. Y, luego de publicada, salieron nuevas versiones, cada una con más material acerca de cosas que, por desconocimiento o desinterés, habían quedado incompletas en las ediciones anteriores. Incluso fue traducida al italiano, y pudo ser publicada en francés, pero el autor se negó.

La obra de Chambers fue un punto de inspiración para que, en Francia, Denis Diderot y Jean D’Alembert publicaran su Enciclopedia. Este trabajo también persiguió el objetivo de consolidar todo el conocimiento disponible. Contó con muchos colaboradores, entre los que se pueden contar a Montesquieu y Voltaire, y, al igual que la versión inglesa, con el tiempo se fue completando.

diderot-titlepagePero había un problema: en Francia, al momento de la publicación, el clima político estaba en franca ebullición (la enciclopedia se presentó unos treinta años antes de la Revolución). La obra creó polémica en la sociedad, a tal punto que, unos años luego de salida al mercado, Diderot y D’Alembert mantuvieron un enfrentamiento público y se distanciaron. Además, la Enciclopedia era de claro corte protestante y contrario al catolicismo puro. No es necesario decir qué hizo la Iglesia con ella.

A medida que pasó el tiempo, sin embargo, y a medida que se fueron perfeccionando métodos de investigación y avanzó la filosofía del conocimiento, la cantidad de información disponible aumentó a tal punto que se hizo muy difícil poder reunirla toda en un solo lugar (físico o simbólico). Hasta principios del siglo XIX aproximadamente, una misma persona podía tener varias profesiones y dominarlas. Por ejemplo, el mencionado D’Alembert era filósofo y matemático. Louis de Jaucourt, otro colaborador de la Enciclopedia, era médico, político y economista. Más allá del siglo XIX, sin embargo, se vuelve difícil encontrar ejemplos como los de estas personas. Menos hoy en día. Y es que, ¿alguien puede imaginar hoy en día un médico que además sea matemático, y que esté al tanto de las últimas novedades en esos campos, al punto de ser un eminente médico y un eminente matemático? Bueno, si todo ese conocimiento es difícil de hacer caber en una cabeza humana, también ha de ser difícil editar una obra escrita que lo contenga. Y, además, tal obra quedaría rápidamente desactualizada. En la época actual, gracias al acceso a la información y sobre todo a la tecnología disponible, la creación de conocimiento es un proceso muy veloz.

Y, hoy por hoy, quizás lo más parecido a esa idea tan romántica de condensar todo el conocimiento sea Google o, más genéricamente, Internet. Un conjunto de servidores, diseminados por el mundo, contienen casi todo lo que se sabe, en una emulación moderna de aquella Biblioteca de Alejandría, o de aquellas enciclopedias del siglo XVIII. Y hay dos características que vuelven a esto más interesante: es muy fácil aportar contenido, y también es muy fácil obtener información. Lo que parece haber cambiado es, quizás, el método de “edición”: mientras antes había personas encargadas de relevar todo lo que se pretendía incorporar, hoy en día esa tarea la cumplen los que buscan información, filtrando lo que les llega del cúmulo de información a granel que es Internet.

Y de esta manera, se completa el círculo de Borges. La Biblioteca existe ad infinitum; lo más parecido hoy en día al infinito es el conocimiento humano.

Aves de paso

ave de paso

Más de una vez he escuchado argumentos del tipo “los noviazgos fugaces de hoy no sirven para nada”, “desprestigian el amor”, y cosas de ese tipo. Sin que estas aventuras sean tan descarnadas como las que plantea el maestro Sabina en su canción (“que en el asiento de atrás de un coche no preguntaban si las querías”), en verdad no son tan contraproducentes como lo dicen algunas de las frases que escucho y leo.

No, no lo son. Muchas veces sirven para enriquecer la vida de uno. Porque no siempre uno se va a encontrar con su media naranja, pero como decía una conocida publicidad, “mientras esperás al ideal, disfrutá lo que tenés”. Y aunque la publicidad exagere la estupidez del chico implicado, la realidad es que en la mayoría de los casos, salvo que nos relacionemos con alguien muy poco afín a nosotros, siempre existe la chance de encontrar alguien con quien querramos algo más que una amistad. Y no sabemos qué puede pasar con esa persona, puede ser que nos caiga un ramo de flores o un ladrillazo.

Fuiste ave de paso. Hiciste nido en mi árbol, al año siguiente te fuiste a otro, pero qué hermoso es ese tiempo en el que el nido estuvo lleno. Al final, siempre queda algo. Una buena amistad, como le pasó a mi colega de oficio, o el conocimiento de cocina que le quedó a mi amigo que estuvo dos años y medio con una cocinera. Y un tendal de besos diseminados por la ciudad, por el campo, unas cuantas noches… que posiblemente sean lo que uno recuerde después de superar el inicial período de luto. Casi con seguridad los que opinan en contra de las aves de paso lo hacen poco después de una ruptura…

Así es que, ¡gloria a las aves de paso! Cuando pasan, casi siempre dejan algo. No se van con todo lo que traían. Y eso es lo mejor que puede dejar la vida. Buenos momentos, amigos, risas, todo lo que al final del camino nos hará vivir más.

Revolución

confesiones

En una de las mejores canciones – a mi juicio- escritas por Charly García, se cuenta la historia de un rey, que gobierna cómodamente en su mansión, alejado de los problemas terrenales. No parece darle demasiada importancia a su pueblo, hasta que éste – finalmente – se rebela, causando la caída del rey. Cuando la escuché, me vinieron muchas ideas a la cabeza, todas juntas; la música de la canción, de tono indudablemente dramático, hace que la cabeza se vuelva un trompo en loca rotación.

Pero después, al escuchar la letra con detenimiento, no pude evitar pensar en esas situaciones en las que uno cree tener todo controlado, o todo bajo su ala, hasta que llega un momento en el que realmente el poder cambia de manos. Podría ocurrir en cualquier lugar, en cualquier situación, pero lo cierto es que este tipo de cosas se dan demasiado seguido en la vida cotidiana, y esta es una de las canciones que – a mi parecer – mejor lo pinta.

El rey de la canción se siente demasiado cómodo con la situación en la que está. Podemos pensar en un jefe, un padre/madre de familia, un cónyuge, cualquier persona a cargo de algo. Al pueblo, detrás del mar, le molesta la barriga, pero el rey no escucha sus voces y sigue en su ensimismamiento, ya que por un lado considera que el pueblo es inofensivo (no le puede hacer nada) y, por otro lado, considera que los reclamos del pueblo son ilegítimos. Quien nos hace daño casi nunca se percata de ello.

Pero esto no durará mucho. Y con mucha frecuencia, el final de la historia es violento. La canción lo describe muy bien:

Yo era el rey

De este lugar

Hasta que un día

Llegaron ellos

Mezcla de insatisfacción por la situación que vivimos, deseo por cambiar las cosas ahora mismo y rabia por haber perdido el tiempo en algo que ahora somos conscientes de que no funciona, nos surge una fuerza arrolladora que quiere dar por tierra con el status quo, quiere imponer un nuevo orden. El pueblo, cansado de no ser escuchado, decide que las cosas no pueden seguir como están y toma una solución intempestiva. Es el famoso click, la lamparita que se enciende. Aquí podemos ver a la familia de la persona que no le dedica tiempo, a un empleado que abandona un puesto en que se siente poco valorado, al cónyuge que pide un divorcio, luego de que su cabeza toma, por fin, conciencia. Claro, para el rey, el pueblo no tiene corazón: no puede entender cómo se trastocó un sistema en el que él se hallaba cómodo y que consideraba que era lo correcto:

Gente brutal

Sin corazón

Que destruyó

El mundo nuestro

Y es que la insatisfacción suele ser un vehículo que con gran efectividad nos lleva a querer borrar de un plumazo lo que existe. Quien se siente insatisfecho siente, cuando cae en la cuenta, un odio repentino e insondable que amenaza con arrasar todo. Demasiadas veces ya se vio esto a lo largo de la historia, incluso con grandes guerras que ocurrieron simplemente porque un bando se sentía perjudicado injustamente frente a otro.

Como corolario a toda la historia, vemos al rey derrotado, ya sin poder alguno. La desnudez es un símbolo incuestionable: ya sin sus investiduras, el rey no es rey. Baila detrás de las colinas: no se puede mostrar, ha comprendido al fin que lo que hizo es, sencillamente, inaceptable, y que dar la cara sería una herida más a su ya maltrecho orgullo. En su tristeza, añora los tiempos en que las cosas estaban a su favor. Lo que siente, indudablemente, alguien que entregó su afecto con avaricia y manejó sus asuntos a mano de hierro: ahora, su pueblo le corresponde con la fría indiferencia. Los tiranos no dejan recuerdos.

Yo era el rey

De este lugar

Tenía cien capas

De seda fina

Y estoy desnudo

Si quieren verme

Bailando a través

De las colinas

Alena

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Alena abre los ojos. No hay demasiada luz, tan sólo una luz colorada que llega del pasillo a través de la puerta entrecerrada. El cuarto no tiene ventanas, aunque ella tiene la casi certeza de que aún es de noche. Ni siquiera sabe cuántas horas ha podido dormir, porque no cuenta con reloj. Al lado de su cama, sobre una mesa de luz se agolpan un velador, una caja con distintos geles y fragancias y efectos personales de Alena.

No sabe cuánto tiempo lleva en este lugar, aunque su vida transcurre casi exclusivamente ahí. Desde que llegó de Hungría, junto con otras diez chicas como ella, escapando de la guerra, de la persecución y de la pobreza, ha estado allí. Con gran pena sus padres la despidieron, deseándole suerte y diciéndole que en cuanto puedan la van a ir a visitar. Ella desea que no lo hagan. En una atestada estación de trenes no recuerda dónde, un hombre le habló de un trabajo en la ciudad, bien remunerado, vas a poder hacerte un futuro en un país estable, y demás yerbas. Peor luego subió a una camioneta con vidrios oscuros, y apareció en una oficina algo precaria. Con pretextos de registración y otros requisitos formales entregó sus documentos. Nunca más los volvió a ver, al igual que a sus compañeras de viaje, de las que nunca supo su suerte.

La puerta del cuarto se abre, una persona entra. Alena enciende la luz del velador. Es un hombre de unos cuarenta años, porte de ejecutivo de empresa, pantalón de vestir, camisa. Lo mira a los ojos, los descubre vacíos. ¿Qué llevará a la gente a solicitar putas?, se pregunta Alena mientras se imagina el entorno del hombre. Lo imagina abrumado por el trabajo, con una esposa e hijos que en la casa lo esperan con ansias, para siempre encontrarlo indispuesto. ¿Sabrá su familia lo que está haciendo? Seguramente, no. Todas estas preguntas Alena aprendió a hacérselas a medida que pasó el tiempo, siempre le resultaron a ella un escape a la rutina y, de paso, una suerte de fuente de imaginación, algo que no suele abundar en un cuarto de cuatro paredes con luz roja. Porque la verdad es que Alena sale poco del lugar. Sólo algunos días, y siempre debe volver de noche.

El hombre avanza hacia ella. Cruzan algunas palabras y luego pasan a la acción, a lo que ella ha hecho por tantos años. Ella le saca el pantalón, luego la ropa interior. Y le practica sexo oral al hombre, que, tirado en la cama, con la cabeza para atrás, de a ratos atina a guiar con la mano, en un rítmico movimiento, la cabeza de la muchacha, como exigiéndole que siga. Ella se presta al juego, con la maestría de siempre, porque si hay algo que ella sabe hacer, son justamente estos juegos. A lo largo del tiempo Alena ha perdido el pudor, a fuerza de hacerlo con más y más ejecutivos, hombres adinerados, maridos y novios tramposos, todos con un denominador común: llegan, hacen lo suyo, y se van. Para ellos, Alena será sólo un vehículo de derrame de sus pasiones más bajas y de sus líquidos.

Alena se levanta. El hombre sale de su limbo y ahora la acuesta. Se nota que sabe tratar a una mujer, que no es un novato. No siempre ella tuvo esa suerte, a veces le tocaron (valga el doble sentido) verdaderos animales. Con sus ásperas manos, recorre todo el cuerpo de la chica, arrastrando con ellas la ropa. La blusa le deja paso al corpiño, y éste a su vez descubre la visión de dos redondísimos senos, herencia de su origen étnico, y que han recorrido tantas manos que ha perdido la cuenta. A su turno, cae la pollera. Y, por último, recorriendo cada centímetro de sus largas piernas, el hombre le baja la bombacha. Luego de un beso, muerde su oreja. A pesar de su oficio, Alena aún no ha perdido algunas sensaciones; se viene encima del hombre, que a estas alturas está cada vez más duro y atontado por lo que en esos momentos pasa por su ser.

De pronto, las caricias cada vez más cerca del tesoro dorado, los jadeos de él que se intensifican, dos cuerpos en total estado de excitación, fuera de sí. Y luego, como en un cuadro, la imagen de ella arriba de él, algo que entra y que sale, el cuchillo que se eleva y desciende, los gritos de él que suenan, definitivamente desgarradores. Ahora Alena no es esa dulce chica que con tanta maestría había embelesado al cliente anónimo. Entran los encargados del burdel, alertados por el sonido de los gritos. Los hombres, todos de riguroso negro, rodean a Alena, que aún sostiene el cuchillo ensangrentado. Entre los últimos gemidos del malogrado cliente, algo es seguro: nunca más un hombre volverá a poner una mano encima de ella.

Cuando perdemos lo que más queremos

los venenos“Abrí la lata del veneno y eché dos, tres cucharadas llenas en la máquina y la cerré; así el humo invadía bien los hormigueros y mataba todas las hormigas, no dejaba ni una hormiga viva en el jardín de casa.”

Hay muchas formas en las que uno puede reaccionar ante una desilusión. La que cito arriba pertenece a un conocido cuento de Julio Cortázar, Los venenos, publicado en Final del juego. Obviamente, la máquina, el veneno y las hormigas son una pantalla para algo que se cocerá durante el relato y estallará al final. Qué gran maestro que es Cortázar, y qué bien que plantea una situación tan cotidiana y tan plausible, hasta el extremo de narrarla sin caer en lugares comunes ni ser demasiado frontal.

¿Cuántas veces nos pasó que el estado de cosas era determinado, hasta que llegó alguien de afuera y cambió todo? Y esto es lo que pasa en el cuento, donde el protagonista (el narrador) mantiene una relación que no llega a ser amorosa con una chica de su barrio. En el lenguaje de la segunda década del siglo XXI, se diría que ella lo quiere sólo como amigos. Pero las cosas se dan vuelta cuando llega el primo del protagonista. Éste, con el tiempo, ganará el corazón de la muchacha.

Todo esto se nota en el pasaje siguiente:

“(…) le dije a Lila que aguantara nada más que un segundo, y que si quería cerrara los ojos. Pero ella no quiso y mientras yo le pasaba el alcohol ella lo miraba fijo a Hugo como para mostrarle lo valiente que era.”

Claro, la chica podría mirarlo a Hugo por una infinidad de motivos. Pero no nos engañemos: hay algo que no funciona acá. Algo no cierra. Y, encima,

Por la noche me costó dormirme, no sé por qué. Se me había metido en la cabeza que Lila no estaba bien y que tenía fiebre (…) Al final me dormí pensando en Lila y Buffalo Bill y también en la máquina de las hormigas, pero sobre todo en Lila.”

No hay mucho que decir acá. Casi todos nos hemos visto en esa situación. Esas son el tipo de cosas que nos agarran cuando creemos que las cosas con alguna persona significativa para nosotros no están del todo bien. Llamémoslo como sea: intuición, corazonada, como querramos. Es así: empezamos a sentir una intranquilidad que no sabemos de dónde viene, pero que rápidamente relacionamos con esa relación que creemos que tambalea. De repente, la inseguridad invade el corazón, hay algo que no se siente bien ahí adentro. ¿Extrañaría el resultado final de todo?

Pero el protagonista no se da por vencido: intenta defender hasta las últimas consecuencias aquello que no quiere perder:

(…) le mostré mi jazmín y le dije que se lo regalaba y que si quería la iba a ayudar a hacerse un jardín para ella sola.”

El problema es que la chica ya es de otro. No podrá reconquistarla. En los dominios del corazón, la reconquista es algo que ocurre muy pocas veces, y ésta no será una de ellas. Y aquí, de paso, permítanme introducir un nuevo concepto: el de lo nuevo. ¿Cómo entra esto? El protagonista viene cortejando a Lila desde hace un tiempo indeterminado, pero algo hace pensar que eso viene de largo. En ese contexto, cuando las relaciones se estancan (y aquí reaparece lo del “sólo amigos”), la posibilidad de un quiebre, un giro, generan un efecto de imán muy fuerte en las personas que se sienten estancadas. Y hacia allá fue Lila, a la que Hugo le iluminó un camino que hasta ese momento parecía gris, lineal, una ruta en el desierto. Hugo plantó flores a los costados.

Ya el final, que es el pasaje que cité al principio, es el corolario del mar de sensaciones en que se convirtió el protagonista. Despechado, ya ha borrado a Lila de su corazón y piensa en matarla (obviamente, esto no es literal). Entonces, cuando el jazmín es alcanzado por el veneno, el dique que contiene las emociones se rompe: cual masiva caída de agua, el protagonista llena la máquina de veneno para dar por tierra con todo lo que la unía a ella. Ironías: el jazmín era su planta preferida. El protagonista, al perder a Lila, ha perdido todo cuanto le importaba en su vida, ha sufrido una de esas derrotas que duelen bien adentro.

A todos nos ha pasado alguna vez…

Encuentros casuales

leer parqueLucía sale a caminar por la plaza una tarde, típica tarde de sábado, luego de haber almorzado y dormido la siesta. Ve un banco, se sienta y comienza a leer su ejemplar de Por quién doblan las campanas, ella, tan adepta a la literatura inglesa. Tanto, tanto, que el libro que leía estaba escrito en inglés. Varias horas más tarde, cuando la ya escasa luz del día le dificulta la lectura, coloca el señalador en la página, cierra el libro y se dispone a volver.

Allá por la salida del parque (por alguna extraña razón, en Buenos Aires, los parques están enrejados), un chico de cara redonda y ojos azules entrando al parque. Lucía lo mira para no chocarse con él, ya que la entrada, debido a arreglos en la vereda, está reducida. De repente, De pronto, ¡mariposas en la panza! Él también la estaba mirando. Lo logra esquivar con lo justo, sale a la calle y llega a la casa, donde –quizás- planifique la noche, quizás mire una película, como hace todos los sábados.

Dos días más tarde, ya lunes, Lucía en el colectivo, de ida al trabajo. Un chico de cara redonda y ojos azules se sube, en la parada siguiente a la que ella se subió. Tres con veinticinco, le dice al chofer, luego de saludarlo, cortesía que éste no devuelve, tan absorto que está en el tránsito de la mañana. El chico se para al lado del asiento donde está Lucía. Se libera el asiento al lado de ella y el chico, cortésmente, le pide acceso a él. Cruzan unas palabras, más que nada porque Lucía lleva un colgante de piedras verdes. La madre del chico resulta tener uno igual. La charla le sirve a Lucía, al menos, para pasar el tiempo del viaje, que de a ratos se vuelve tedioso por el tráfico. Ambos se bajan en distintas paradas, en el centro.

Jueves. Fila en la verdulería, Lucía está última en la cola. Llega al comercio un chico de cara redonda y ojos azules. Se pone último, como debe ser. La caída de una naranja de la pila que está al lado de ambos sirve de disparador para que surja la charla. Que si sos del barrio, que me crucé alguien igual a vos el otro día, que las manzanas están por las nubes debido a la ola de frío, que tengo que llevar acelga para la tarta, que es muy nutritiva, amo la tarta de acelga, con un par de huevos queda espectacular, y otras confesiones culinarias.

La atienden a Lucía. Lleva las plantas de acelga mencionadas, además de algunas frutas. Cuando sale del local, con alguna excusa de ocasión se queda afuera. Atienden al chico, que lleva un variopinto de frutas y verduras. Compras de la semana, que le dicen. Sale. Ve a Lucía como esperándolo afuera, porque quién va a creerse su excusa, nadie sale de un local y se queda afuera de él. Juntos van hasta el edificio de ella, que resulta estar a media cuadra del de él. En el viaje, risas, charlas sin sentido, miradas cómplices, las mismas mariposas en el estómago que había sentido en el parque. Visiblemente emocionada, Lucía abre la puerta de su edificio y sube hasta su departamento. Le toma varios minutos calmarse.

Una idea parece afirmarse en la cabeza de Lucía. Repasa. El chico del parque no tenía la cara taaaan redonda. No, no puede ser el. Pero si tenía los mismos ojos que éste… Y además era de la misma estatura, ella lo tenía que mirar ligeramente hacia arriba. La altura perfecta para caminar abrazados, piensa. Las imágenes se suceden en la cabeza de Lucía, como una gran telaraña de posibilidades, un gran árbol de probabilidades que se ramifica más y más, pero que en su raíz tiene… al chico del parque. Entre esa maraña de rosas, finalmente, Lucía concilia el sueño.

Ha llegado el domingo. Lucía y el chico de ojos azules y cara redonda van al parque. Ahora Lucía no lleva libros, pero en cambio lleva con ella la emoción de un primer encuentro. Entra al parque, ve a su chico que (tal como habían quedado) lleva un pulóver verde y un par de jeans celestes. Los diez metros que los separan son los diez metros más difíciles de recorrer que jamás ha enfrentado Lucía. Él la mira. Ella tiene la mirada en el pasto, en un árbol, en un pájaro que emprende vuelo, pero no en él. Hasta que es inevitable, lo tiene que mirar para saber adónde está. Su corazón late con tanta fuerza que ella cree tener dentro de su pecho una persona tocando el bombo. Cuando se encuentran, Lucía esquiva el desmayo por milímetros.

Charlan animadamente por un buen rato, con la compañía de un mate que cambia rítmicamente de manos, hasta que se acaba el agua. Luego todo sucede. Lucía lo ve al chico cada vez más cerca, tanto que puede observar sus pestañas y distinguirlas una de otra. El dique que contiene las emociones de Lucía se rompe con un pavoroso estallido, y ahí están los dos, libres y en las nubes…

Finalmente, Lucía y el chico salen del parque, los dedos entrelazados, el paso cadencioso, la levedad de saber que nada de lo que pasa alrededor forma parte de su mundo. Afuera, los autos se agolpan en la avenida, los conductores, entre hastiados y furiosos hacen tocar la bocina o simplemente lanzan imprecaciones. pareja parquePero Lucía y el chico de ojos azules y cara redonda no necesitan tocar bocina, ni insultar al aire. Viajan en una nube. Yo los veo alejarse por la vereda, recorriendo un camino en el que no vale correr. Y pienso en que, al fin y al cabo, todos los árboles alguna vez fueron una pequeña semilla.

Domingueros, o el placer de vivir la vida

Domingo, 10 AM. Carlos (pongámosle este nombre, aunque podría ser cualquier otro) se levanta de la cama. Encara la cocina. Pone leche a calentar, con la idea de hacerse un café con leche. Mientras se calienta, va hacia la puerta, la abre y levanta el diario que, unas horas antes, un abnegado canillita le dejó en la puerta, como todas las semanas. Para este momento, la leche se ha terminado de calentar, así que Carlos regresa a la cocina con el diario, toma el café, el azúcar, se prepara su desayuno, saca alguna galletita para acompañar, y se dispone a informarse de todo lo que pasó.

Esta escena es muy típica de las mañanas de los argentinos. A Carlos nada lo sacará de su lectura matinal, ni siquiera la necesidad de pensar en qué almorzar, algo que (con frecuencia) ya está definido. Nada de qué preocuparse: durante el día anterior, ya fueron hechas las compras pertinentes para que, este domingo, se pueda disfrutar de la mesa en plenitud con la familia. ¡Dale, que en cualquier momento llegan!, grita, desde algún lugar de la casa, María, esposa de Carlos desde hace ya no se sabe cuántos años, y que, como toda mujer ocupada de las cosas de la casa, se desvive por que ésta quede presentable para las visitas, algo que nunca logrará. Más bien, un minuto antes de que lleguen las visitas quedará conforme por la simple razón de que ya no se puede hacer nada, que el desastre ya está hecho y que nunca se podrá arreglar. “No miren el desorden”, le dirá, entre resignada y amable, a los que lleguen, casi siempre temprano porque creyeron que iba a haber tránsito pero éste nunca existió.

Once y media. Hora de prender el fuego. ¿Hay carbón? se pregunta, con cierto sobresalto Carlos. Por suerte hay. Entonces, pacientemente, se pone a hacer la pila de papel, seguida de ramas recolectadas de algún paseo por el parque en época de poda, y arriba los trozos de carbón en una forma cuidadosamente ideada como para que la pila no se desmorone y, a la vez, se pueda prender. Innegociable, el montoncito de carbón a un costado, “para hacer de reserva de fuego”, aunque casi nunca se use. La carne, cuidadosamente salada, no, con sal fina no, con gruesa, ¡¿no entendés?! arriba de la parrilla, se va cocinando mientras Carlos y María reciben a los invitados, les muestran dónde dejar los abrigos (es agosto, hace frío por momentos), comen una picada y hablan del tránsito para venir, de dónde dejaron el auto, de que es imposible encontrar un lugar en la calle, y demás cosas, sólo tendientes a pasar el tiempo que resta hasta que la carne esté cocida, momento en el que se suscitará la eterna discusión entre los que les gusta a punto, pasadita, jugosa y todo otro estado posible.

asado domingo

Ya están todos a la mesa, y luego del aplauso para el asador de rigor, se dedican a comer. Por las cuatro horas restantes todos (sí, todos) se dedicarán a ponerse al día, porque si para algo fueron hechas las comidas de domingo es para contarse lo que pasó desde la última juntada. Entonces, sobrevendrán las risas, las confidencias, que mi hija aprobó una materia en la facultad, que la otra se puso de novia, etc. De a poco, la comida va dejando paso al postre, y luego a la sobremesa. Otro momento de charla, en donde, si faltó decir algo, se cuenta acá.uego, a las cinco de la tarde, el obligado té, costumbre heredada de los ingleses que, pese a no habernos podido invadir allá por principios del siglo XIX, en el poco tiempo que estuvieron acá parece que alcanzaron a dejarnos. O, capaz, es una necesidad fisiológica del cuerpo (tomar el té a las 5 de la tarde, no creo que el cuerpo tenga un reloj pero por alguna razón siempre a esa hora dan ganas de tomar algo). Siempre, ineludiblemente, con facturas traídas por los invitados. Seis de la tarde, hora de irse para los invitados, que se levantarán aduciendo motivos del tipo de “se va a hacer de noche” para emprender la retirada, retirada que el dueño de casa espera para poder ver el partido de las seis y cuarto tranquilo. Porque el partido no se negocia. Se ve, o se ve.

partido domingo

Con los invitados afuera, y con el sol afuera aferrándose para no caer detrás de la última línea de edificios, Carlos y María se disponen a levantar la mesa. Una tarea casi tan titánica como la de disponer todo a la mañana, sólo que acá se trata de limpiar todo lo más rápido posible para descansar. Y Carlos se va a ver su partido, María a leer, cada uno por su lado se sumergen en lo profundo de su ser, sin pensar en nada, ya terminado el momento de la hospitalidad. Qué lindo es el domingo, la verdad. Con todos los estereotipos que carga a cuestas, igual es un día para disfrutar. Porque, ¿qué haríamos sin la diversión de las juntadas multitudinarias, a charlar, a comer, a vivir la vida? Es un cliché, sí, es algo muy cursi si se quiere lo del domingo, pero a medida que se acerca, uno no puede dejar de pensar en lo que va a hacer ese día. Parece como si el hecho de no cumplir con el ritual dominguero nos fuera a dejar un vacío en nuestras vidas, como que no fueran a ser completas.

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